Caracas, ¿eres tú?

Foto: cortesía de Crónica uno

A Carmen se le acabó la paciencia cuando el policía, a gritos, le ordenó cerrar el abasto. Ella también gritó, que dejaran el abuso, que tenía derecho a trabajar y la gente a comprar. El funcionario, mano al cinto, pistola en la cintura, gritaba que era una orden, que si no cerraba, mañana no la dejarían abrir y el lunes tampoco. Más nunca.

Eran las once y media. Los vecinos de San Pedro hacían fila y esperaban su turno. Con el murmullo que atravesaba las paredes, las miradas se entrecruzaban como ondas de una red wifi, buscando conexión. Nadie habló, nadie se quejó, nadie hizo nada cuando el policía cerró -tiró- la reja. “Aquí ya está cerrado, cada quien pa’ su casa, estamos en cuarentena”. También gritando, por supuesto.

Al caraqueño de esta parroquia apenas se le ven los ojos. Los tapabocas ocultan hasta los más imprudentes deseos. Un estudio del observatorio Venezolano de Violencia, reveló el 24 de julio, que siete de cada diez venezolanos no confía en los cuerpos policiales. ¿Quiénes son los otros tres que sí lo hacen? Seguramente no estaban en la cola del abasto.

Caracas está de cumpleaños, y en esta mañana nublada se respira caos, cansancio, indignación, sumisión, resignación. La última cifra oficial de contagiados por coronavirus también la hace una ciudad sitiada por el más silencioso depredador que haya padecido la humanidad en el último siglo. Aunque algunos puedan decir que la pobreza mata más gente, sí, también tienen razón, es la consecuencia de la memoria corta, del egoísmo selectivo, del si yo me salvo, todo está bien.

En la pollera, otros vecinos también hacían cola para comprar, pasaban de dos en dos, les medían la temperatura y los hacían restregar las manos con algo parecido a gel antibacterial. Quién sabe si lo era. Adentro, tan déspota como un emperador del siglo XV, el dueño daba órdenes, pero los empleados hacían cualquier cosa menos cumplirlas. Se esmeran por atender mal a la gente y los compradores callan, se la calan.

El señor Antonio pidió dos pollos picados. El que lo atendía agarró a las decapitadas aves y de tres machetazos las descuartizó, sin piedad, sin técnica, sin el más mínimo intento por conservar los muslos, la pechuga o el carapacho. El hombre, que veía desde el mostrador no se la caló y se quejó. Los increpó. Les preguntó que si querían quebrar, que él no se iba a llevar esos pollos así, mal cortados. Al final, entre dimes y diretes, le medio cortaron bien otros dos pollos y se fue, refunfuñando. Seguramente con la hostilidad entre ceja y ceja. Aquí, a la cordialidad la metieron en el congelador.

A esta caracas del 2020, el aniversario la agarró en su momento más débil, más triste, más intolerante. Los caraqueños de este sábado demuestran ser el resultado de varias décadas de opresión, de maltrato y abuso.

Carmen, desde el fondo de su abasto pegaba gritos, maldijo a los policías, tiró las bolsas, el lapicero y desenchufó una regleta. Juró que el lunes no le iba a pagar la “colaboración” que todas las semanas pasan buscando los uniformados. Antonio, cuando salió de la pollera se arrecostó de una reja, se mareó, no había desayunado.

La capital de Venezuela cumple 453 años y por el suelo de este valle ha corrido sangre desde el día uno. Desde que las tribus de Los Caracas se resistieron a la invasión de los españoles, pero fueron derrotados y casi exterminados. También corrió la sangre de los esclavos en toda la época colonial. Después se desparramó la otra sangre de los que querían ser libres, ser una república. La sangre nunca dejó de bañar las calles de polvo y barro de la ciudad, que se fue transformando y a la que se le apodó como la sultana del Ávila.

A esta metrópolis en decadencia también le tocó padecer la intolerancia política de los primeros tiempos de la nación. Transitó la ruta a la democracia a punta de dictaduras y tortura. De censura y prisión. A esta ciudad se le acumularon los pobres, los arrinconaron en los cerros del Sur y del Oeste. Y ahí están, más pobres que nunca. Oprimidos como siempre.

Dicen que caracas es una burbuja, que todo funciona, que los gobiernos se esmera por conservarla decente. Pero al día de hoy sus parroquias no saben lo que significa el agua corriente, sus habitantes no conocen la posibilidad de caminar tranquilos, la confianza en el vecino es una rareza y el temor a morir de un balazo es la certeza más real que siguen teniendo. Antes por el hampa, ahora también y además, por las FAES.

Dice el historiador Rafael Arráiz, que a los caraqueños, sin ser porteños, los caracterizaban como habladores y cordiales, gente que se esmeraba por atender y brindar hospitalidad a quien estaba de paso. Como seguro esperaron en La Guaira el desembarco de miles de migrantes europeos que escaparon del sufrimiento de la guerra. Hoy, esa actitud se evidencia en la familiaridad y el relajo en las colas, donde por más solo que vayas, siempre vas a salir con amigos. Quizás hasta con una invitación a salir.

Caracas, una ciudad de muchas caras y muchas cruces, un territorio poblado por gente de aquí, de allá y de más allá. Un pedazo de tierra que goza de la eterna primavera, también es la ciudad de los muchachos caídos por la represión desmedida. Aunque todavía la historia no lo cuente. Seguro que en el futuro encontraremos esas páginas –también dolorosas- en los libros. Igualmente repasaremos la otra oleada de gente que volvió del exilio, los miles de Caraqueños que hoy saludan con un: ¿qué pasó menor?, en cualquier ciudad del mundo.

A esta ciudad cuesta contarla, es difícil narrar sus múltiples versiones. Las Cármenes y los Antonios están regados por todas partes. Ciudadanos que hoy exigen vivir dignamente, en todas las esquinas hay caraqueños que se esmeran por cambiarle el rostro a la capital. Cuesta reconocerlos, pero sí, están ahí, en la cotidianidad de un lugar que será mejor. Sin duda.

La capital está de aniversario y yo, que escribo sobre ella, le preguntaría: ¿Caracas, eres tú?