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Cuando el suelo se abre y el corazón duele: el regreso forzado de una madre a Guayana tras terremotos

Foto: Capture.

Para Sofía González* la vida estaba en un buen momento: es una quiropedista que acababa de culminar su estudio profesional en Caraballeda, estado La Guaira. Su rutina era movida entre las actividades de sus hijos de 8, 10, 14 y 16 años: escuela, deportes, arte y, por supuesto, tiempo en familia.

Guayanesa de nacimiento, Sofía se mudó a La Guaira hace 18 años cuando se casó y allí echó raíces. Según relató a Radio Fe y Alegría, no tenía planes de volver a Guayana porque la economía era mucho más movida en la región capital y se sentía más estable.

Sin embargo, visitaba constantemente la ciudad, ya que su madre, padre y hermanas viven en Puerto Ordaz. Días antes del doble terremoto del 24 de junio, Sofía viajó a Guayana para celebrar el Día del Padre junto a su familia, dejando a sus hijos con su padre.

Tal como si de un mandato divino se tratase, Sofía había estado pensado en comprar una casa en Guayana para quedarse cuando viajaba de visita. La suerte decidió que pusieran en venta una casa cercana a su familia y que su presupuesto le permitía adquirir: el domingo hizo el negocio y el miércoles 24 de junio le entregaron las llaves.

“No quería creerlo: pensé que era una mentira”

Ese mismo miércoles Sofía salió de Puerto Ordaz a La Guaira, con la buena nueva de que sus hijos podrían acompañarla ahora de vacaciones a la tierra de su familia materna porque ya tenían casa.

Luego de seis horas de viaje, los murmullos entre pasajeros empezaron a hacerse latentes y el ambiente se tornó tenso. “Hubo un terremoto, parece que fue grave”, se escuchaba.

“El miércoles 24 me entregan la casa y me voy en la tarde, eso fue el día del terremoto. Yo venía en un autobús camino a la Guaira. Imagínate, soy una madre que tenía a sus cuatro hijos allá. Cuando me dicen que el terremoto fue muy agresivo yo en realidad no lo creía. Me pasaban videos y yo decía no me pasen eso, eso es IA, eso es mentira”, recuerda Sofía.

Aunque escuchaba todo lo que pasaba y sus compañeros de autobús le mostraban fotografías de la tragedia, ella no quería creerlo. No era posible. Sus hijos estaban allá y no podía ser que se enfrentaran a ese peligro. Su mente solo repetía no, no, no, no. Una y otra vez.

A eso le siguieron horas de angustia, ya que en medio de su negativa interna, comenzó a llamar a sus familiares y vecinos: nadie contestaba. No había más información que cadenas de redes sociales y las imágenes que ya se habían reenviado mil veces en los teléfonos de cada pasajero.

“Intenté comunicarme con mi familia, nunca llegaron los mensajes porque La Guaira quedó sin luz, al quedarse sin luz se va la cobertura y el wifi. No llegaba ningún mensaje”, explicó.

Derrumbe y clamores de ayuda: cuando no podemos hacer nada

Al llegar a Caracas, pudo ver la angustia de las personas, el ambiente de terror. Ya no pudo seguírselo negando a sí misma: lo que ocurría era grave.

Empezó a llamar a unos amigos que finalmente contestaron. La súplica le salió en un solo suspiro: por favor, pasen por mi casa, y vean cómo están mis hijos.

Sus conocidos acudieron a su vivienda, la cual se partió en dos cuando le cayó un árbol encima, pero la noticia que Sofía esperaba llegó: sus niños estaban bien.

Pero La Guaira ya estaba tomada. Tuve que pedir ayuda a funcionarios policiales para que la dejaran pasar. Cuando entró a la ciudad el escenario era lo más horrible que había visto. Los edificios por los que pasaba diariamente ya no existían, eran escombros. La gente gritaba pidiendo ayuda, exigía, lloraba. Tomaban los pedazos de cemento entre sus manos buscando alguna señal de vida.

“Veo a gente en la calle, madres e hijos, veo derrumbe. Vi muchas cosas. Cuando voy por el sector de Macuto fue que empecé a ver el derrumbe, los edificios, las casas… cómo la gente lloraba, cómo gritaban, cómo pedían ayuda. Lo más difícil es pasar por allí, que la gente te agarre el brazo y te diga ayúdame y tú no puedas ayudarlo. Porque tú lo que necesitas es buscar a tu familia”, explicó Sofía entre lágrimas.

Miedo, la principal y más profunda secuela

Desde ese día, las cosas no han vuelto a ser igual. Al llegar a su casa, sus hijos se le abalanzaron encima. La más pequeña solo alcanzó a decir: mamá, me duele el corazón y no sé qué está pasando.

A día de hoy, Sofía se asusta ante el mínimo ruido, quiere tener a sus hijos cerca todo el día. La familia necesita verse unos a otros. La vivencia superó cualquier cosa que hayan pasado antes.

“Ellos lo que me decían era: mamá, pensábamos que no te íbamos a volver a ver, pensamos que nos íbamos a morir. Mi hijo me decía tengo mucho miedo, la niña más pequeña me decía me duele el corazón no sé qué está pasando”, lamentó.

Una nueva vida, lejos de La Guaira: el deseo de Sofía

Sofía lo tiene claro: no vuelve a vivir a La Guaira. En sus palabras: ya vivimos la vaguada, ahora el terremoto, ya la tercera será más devastadora.

En cuanto tuvo oportunidad, viajó a Guayana, justamente para quedarse en la casa que había comprado antes del momento que cambiaría su vida para siempre. Hoy, se está encargando de acondicionar este espacio que será el inicio de su nueva vida.

En cuanto a su esposo, él prefirió quedarse. Es parte de las comitivas que continúan en las zonas de desastre intentando salvar la vida de los tapiados.

“Él está metido tratando de sacar familiares y personas que conoce que no se consiguen todavía. Tenemos muchos amigos, colegas… muchísimas personas que se quedaron allí. No sabemos si están vivos o no”, finalizó.

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