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El día en que Romario movió a las mafias de las favelas para jugar el mundial

Mayo de 1994. El planeta entero contaba los días para el Mundial de Estados Unidos y, en Brasil, la fe de todo un país descansaba sobre los hombros de un hombre de 1.67 metros de estatura: Romário da Souza Faria.

‘El Baixinho’ estaba en la cumbre de su carrera, devorándose la Liga española con el Barcelona y destilando una confianza que rozaba la arrogancia.

Pero el destino le tenía guardada la jugada más difícil de su vida fuera de las canchas.

Una llamada telefónica desde Río de Janeiro congeló su mundo. Un grupo de delincuentes armados había secuestrado a su padre, Edevair de Souza Faria, a la salida de un bar en el barrio de Penha.

La exigencia de los captores fue astronómica: 7 millones de dólares a cambio de su vida. O pagaba o su padre moría.

Otra pasta inquebrantable

Cualquier otro jugador se habría quebrado, pero Romário estaba hecho de otra pasta. Sabía perfectamente que el peso de las expectativas de 150 millones de brasileños jugaba a su favor. No se dejó intimidar por los millones exigidos ni por las amenazas.

En lugar de negociar en las sombras, plantó cara públicamente. Ante la prensa internacional, con la mirada fría y la voz firme, lanzó un ultimátum que paralizó a todo un país: “Si mi padre no aparece sano y salvo, no juego el mundial”.

La frase cayó como una bomba atómica en el corazón de Brasil, la posibilidad de quebrar 24 años de sequía estaba en riesgo al no poder contar con su máxima estrella. Si Romario no iba al Mundial era una catástrofe nacional.

La orden de las favelas

Lo que ocurrió en las horas siguientes se convirtió en leyenda urbana y realidad absoluta. La advertencia de Romário no solo movilizó a los cuerpos de élite de las autoridades brasileñas, sino que activó un mecanismo insólito: el código de honor del submundo del crimen.

En los callejones de las favelas de Río de Janeiro, los líderes de las principales bandas y mafias locales se enteraron de la noticia. La indignación fue general. Secuestrar al padre del ídolo que les devolvería la gloria eterna era imperdonable.

El mensaje de los capos del narcotráfico hacia las calles fue claro y contundente: “Si Romário no va al Mundial por su culpa, no habrá rincón seguro para ustedes en este país”.

La presión fue asfixiante por todos los flancos. La policía cercaba los accesos y los propios criminales buscaban a los secuestradores para “ajustar cuentas”.

Un padre que lo recibió con los brazos abiertos y él pagó con creces

Siete días después del secuestro, los captores sucumbieron a la presión más grande jamás vista en Río de Janeri Brasil. El 14 de mayo de 1994, don Edevair fue liberado sano y salvo en una casa de Río de Janeiro sin un rasguño y sin que se pagara un solo centavo del rescate.

Cuando Romário aterrizó en Brasil listo para la batalla, la pesadilla ya había terminado. Su padre lo esperaba con un abrazo.

El resto es historia del fútbol. Romário viajó a Estados Unidos con el alma en paz y la pólvora encendida. Cumplió su promesa con creces: anotó 5 goles memorables, guio a la Canarinha a levantar su ansiado tetracampeonato y fue elegido, de manera indiscutible, como el Mejor Jugador del Mundial 1994.

Aquel año, Brasil entero celebró la Copa del Mundo, pero la primera gran victoria se había jugado y ganado semanas antes, gracias al coraje de un hijo que se plantó ante el peligro al grito de: “O me devuelven a mi papá, o no voy al Mundial”.

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