Rutilio Grande: «Dios no está recostado en una hamaca»

Rutilio Grande
Foto: Vatican News

El jesuita salvadoreño Rutilio Grande es beatificado este sábado 22 de enero junto a sus otros dos compañeros mártires Manuel Solórzano y Nelson Rutilio Lemus. En la misma ceremonia también recibirá esta «bendición» el fraile Cosme Spessotto. Los 4 asesinados por los llamados «escuadrones de la muerte» entre 1977 y 1980 en el pequeño país centroamericano.

El nativo de El Paisnal, su pueblo querido donde también murió a balazos, decía y demostraba siempre en su misión evangelizadora entre los más pobres, entre los campesinos, entre los más descartados en su su sufrido país, que «Dios no está en las nubes, recostado en una hamaca. Dios actúa y desea que ustedes construyan su Reino».

Y quién lo diría. El asesinato de Rutilio y sus dos compañeros llevó a Monseñor Romero a convertirse para vivir y padecer «una nueva vida» por 3 años hasta que fuera, también, asesinado a tiros el 24 de marzo de 1980.

Así quedó el carro donde viajaba el P. Grande y sus dos compañeros misioneros/Cortesía

El martirio de estos «campesinos» de la parroquia de Aguilares definitivamente transformó a la persona de Romero. El día, 12 de marzo de 1977, en que recibe la noticia acude al pueblo y en una altar improvisado y ante los 3 cadáveres encima de una mesa de tablas, el Arzobispo celebra una misa y luego declara que más nunca asistirá a actos del gobierno.

Pero es que antes el Padre Grande ya cuestionaba en sus homilías al gobierno por sus cruentas masacres, muertes a mansalva, vulneraciones de derechos en contra del pueblo salvadoreño.

Y sus comunidades eclesiales de base fueron claro testimonio de su prédica y su accionar a favor de los pobres de esta tierra, los preferidos del Dios de la vida.

A propósito de su beatificación el Superior General de la Compañía de Jesús, Arturo Sosa, destacaba algunas virtudes de Rutilio Grande, a través de una carta.

Decía que «el P. Rutilio Grande, nacido en la pequeña localidad de El Paisnal el 5 de enero de 1928, fue un jesuita de dimensiones humanas y religiosas insospechadas. En su debilidad encontró su grandeza. La mayor parte de su vida transcurrió en el silencio y la humildad de quienes se van haciendo paso a paso compañeros de Jesús. Quienes lo trataron encontraron siempre en él un hombre bueno, cercano y servicial».

Agregaba también que «para los seminaristas fue un auténtico formador y para el clero salvadoreño un delicado acompañante espiritual. Rutilio supo ser consejero, compañero comprensivo y amable, al mismo tiempo firme y serio en lo que se refería a la vida cristiana y al ejercicio responsable del ministerio presbiteral. La población campesina, de la que él mismo era parte y a la que sirvió con dedicación en su servicio pastoral, halló en él un religioso cercano, abnegado y cariñoso, ordenado presbítero para compartir la vida con la comunidad de
los seguidores de Jesús que dan testimonio de la Buena Noticia».