Ser maestra y sobrevivir

"A mi Fe y Alegría me encanta, ¿será por eso que no me voy?", se pregunta.

Desde los 17 años, Ana Estaba hace vida en el Colegio Fe y Alegría donde empezó haciendo suplencias, para después asumir, durante 9 años, como auxiliar de preescolar. De ahí tiene grandes recuerdos y encuentra grandes recompensas a su trabajo como docente.

Ana recorre todos los días los 400 metros de distancia que hay entre su casa y la escuela. Ese trayecto lo ha hecho durante 12 años, siempre entre arena amarilla y monte, porque siguen sin asfaltar las calles del sector Fe y Alegría en El Tigre.

Colegio Fe y Alegría El Tigre
Colegio Fe y Alegría El Tigre

En los 12 años que tiene trabajando en el Colegio Fe y Alegría, han crecido ella y su familia. Tiene 2 hijos y una casa en aún en fabricación. Se graduó como licenciada en educación. Terminó una especialización en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador y cursa una maestría en Innovación Educativa. Fue auxiliar de preescolar, docente de aula y ahora coordinadora de Control de Estudios.

“Lo más bonito es que todos esos muchachitos que yo atendí en preescolar, donde me ven me saludan, me abrazan, me recuerdan con cariño”, dice.

Ana recuerda con una sonrisa de satisfacción todas las actividades del preescolar: los cuenta cuentos, los talleres de Maltín Polar, las ferias y todas las dinámicas que preparó para los niños que pasaron por sus manos.

Cuando la mayonesa es un lujo

En las aulas de preescolar descubrió su vocación y se hizo maestra. Estudió Educación en la Universidad Bolivariana de Venezuela; buscando herramientas para mejorar, cursó la especialización en Estrategias Didácticas que, asegura, le ayudó mucho “porque yo le hacía dinámicas a los muchachos y ¡cómo les encanta una dinámica!”.

Ana no ha dejado de formarse y aun así no ve recompensa a su trabajo: “siempre fui mal pagada. En preescolar, como no era (maestra) de preescolar, me pagaban menos. Después que fui docente, no tenía especialidad. Ahora que la tengo, los sueldos no alcanzan”.

Ella está clasificada en la nómina como docente IV y recibe en dinero unos 700 mil bolívares que se convierten en sal y agua a la hora de cubrir los gastos de una familia. Con la última quincena recibida apenas alcanzó a comprar un litro de aceite, un kilo de harina y una mayonesa que considera un lujo. Compró contando con que el padre de sus hijos llevara lo demás.

Ana está en la nómina como una de las mejor pagadas del plantel. La escala docente está organizada en seis niveles, en cada uno se reconocen estudios superiores y años de servicio. Con la crisis económica que vive el país, la diferencia entre el primer nivel y el último de la tabla de clasificación docente es apenas de 100 mil bolívares.

En esa misma escala, aprobada por el Ministerio de Educación, ningún salario docente en Venezuela supera los 10 dólares mensuales, mientras que para cubrir la canasta básica de una familia promedio se necesitan 250 dólares, según los datos del CENDAS para abril de 2020.

“Yo ahí salí bendecida, porque yo camino cuatro cuadras y ya estoy en la escuela”, cuenta Ana. El salario de ella y el de su esposo como vigilante, no alcanzan para pagar pasajes, lo que la obliga a buscar más dinero para los gastos de la casa vendiendo helados o planchando cabello. “A veces ayudo a los niños con la tareas, no te digo que les cobro, pero la mamá me llega con un arrocito y así”, agrega.

Rendir el almuerzo y los zapatos

Con el salario de un docente apenas se pueden adquirir tres productos con el pago quincenal.

Todos los rebusques mantienen limitada a su familia. Insiste en que se dan sus lujos de vez en cuando, pero le toca rendir la comida reduciendo las porciones. “Mi hijo a veces me dice ‘mami quedé con hambre‘  y le digo ‘bueno hijo, no le queda otra que beber agua, porque qué más’”.

Comer carne y pollo es un sueño, según Ana. Para sustituir la proteína recurren a “la tradicional sardina y a los granos, que es lo que se abomba en el estómago, vamos a decirlo así, y deja llenas a las criaturas”, asegura.

Y es que el ahorro viene por todos lados. “Ya uno no se puede mandar a secar el cabello, acomodarse las uñas, nada”, dice Ana, quien recuerda los estrenos de ropa y zapatos como un bien perdido en esta crisis.

“A los zapatos míos les mande a poner suela de caucho, porque cómo me compro yo unos zapatos, pues. La ropa que tenía guardada para ir más lejos, es la que me estoy poniendo para no venir tan desaliñada y los hijos míos están igual”, cuenta.

Zapatos reencaucados
Zapatos artesanales para empujar la educación

Los zapatos que usa la maestra son artesanales, tienen suela de caucho, tejidos en la parte superior y puestos con orgullo, porque son la alternativa que le permiten seguir caminando hasta la escuela para atender a los tantos muchachos que dependen de ella.

Pero hay cosas que no se pueden remendar y el sueldo no da para cubrir. “Si se nos enferma un hijo, ¿ah? ¿Cómo los atiendo? Porque un antibiótico cuesta más de 600 mil bolívares y mi sueldo es de seiscientos treinta y pico, ¿lo dejamos morir?”, se cuestiona.

Pide que la dirección nacional de Fe y Alegría les ayude a tener un sueldo digno y retan al Ministro de Educación, Aristóbulo Isturiz, a que sobreviva un mes con el salario de un docente y a darse lujos con el bono especial de 350 mil bolívares que entregó durante el mes de mayo, para que “se ponga en el lugar de nosotros los docentes y nos dé una remuneración acorde a nuestro trabajo”.

Y mientras espera, Ana Estaba sigue en pie con zapatos reencauchados y carencias, pero sonriendo y trabajando para atender a tantas familias y estudiantes que esperan por ella en el Tigre.

Como ella, miles de maestros siguen apostando su vida en las escuelas del país.