Viernes de cruz, de muerte y de silencio

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Crucifixión
Imagen referencial

La muerte en cruz, colgado en un madero con unos clavos, en la época de Jesús era uno de los castigos más crueles que se le podía infligir a una persona que había cometido un crimen.

Era una muerte destinada para los asesinos mas sanguinarios, para los asaltantes de camino, para los malhechores y también para los blasfemos en contra de la “Ley”.

Esa fue la consecuencia final de la condena que a Jesús de Nazareth le impuso el poder religioso de la época que, aunque hipocráticamente decía que no podía matar a ningún preso, se valió del poder político para ejecutar al predilecto de Dios.

Según la convención histórica, El Nazareno expiró un viernes. Luego de recorrer el camino del sufrimiento, el viacrucis, lo clavan en cruz en el monte de El Calvario.

Día, sendero y lugar que marcan un final plagado de dolor, de llanto, de lamento también de mucho silencio ensordecedor y decepcionante.

Por eso mucha gente se pregunta ¿por qué Dios dispuso una muerte de esta naturaleza para su hijo Amado así, a través de la crucifixión? ¿Realmente esa era su voluntad? ¿Qué sentido tiene la muerte de Jesús, el Mesías, el Salvador del mundo?

El jesuita venezolano Alfredo Infante intenta responder, a la luz de la reflexión de otro jesuita, el mártir Ignacio Ellacuría, estas interrogantes.

Ignacio Ellacuria, filósofo jesuita, mártir de El Salvador, ante el misterio de la pasión y muerte de Jesús, nos sugería estas claves de interpretación. Una clave histórica con la pregunta: ¿por qué matan a Jesús?

Y una clave existencial-espiritual (o ética para los no creyentes) : ¿por qué muere Jesús? La respuesta a la pregunta histórica es que Jesús es perseguido, enjuiciado por tribunales que, danzando en torno a los intereses del poder, preparan un juicio injusto, sin pruebas, para sacarlo del escenario, porque su parcialidad por la dignidad humana trastocaba los intereses del sistema.

Su paso despertaba la conciencia de los excluidos. Se aliaron todos los poderes: político, económico y religioso, para sacarlo del escenario. La fraternidad anunciada y orada en el Padre Nuestro desquiciaba a los representantes del poder. Y murió como un malhechor en las afueras de la ciudad, en el no lugar, burlado y torturado.

La lógica del poder arrebata la vida de los justos, los saca del juego, les molesta porque la «autoritas» de los justos devela y pone a la luz la perversidad de los poderosos. En este sentido, desde el punto de vista histórico, Jesús fue una víctima de los poderes del mundo. Hoy, los justos siguen siendo víctimas de aquellos que se aferran al poder «como sea».

La segunda clave es existencial espiritual (o ética para los no creyentes) y es, ¿por qué muere Jesús? Por fidelidad a su conciencia de hijo y hermano, por amor a la humanidad que lleva en su corazón.

En Jetsemani –huerto de los olivos- siente miedo y tiene la tentación de desistir, «Padre, aparta de mi este cáliz». Flaquea. Pero se sobrepone en la fe y continua: «no se haga mi voluntad sino la tuya».

La voluntad del Padre no es que Jesús muera en la cruz, la voluntad del Padre es que su hijo lleve a termino, hasta las últimas consecuencias, el proyecto de hermano y no claudicar por miedo a los chantajes del poder. Es allí, donde el amor vence el pecado del mundo.

Jesús es obediente al proyecto de humanidad fraterna que el Padre le ha encomendado, es obediente al amor por sus hermanos y es obediente a su conciencia. Por eso, es capaz de decir en la pasión: «no me matan, me entrego».

Está consciente, que morir es vivir. ¿Qué significa esto hoy en Venezuela? ¿qué implica seguir a Jesús hoy, en estas circunstancias históricas? Los obispos reunidos en Puebla (1979) hablaron de los cristos crucificados en los rostros de nuestro pueblo. San Ignacio de Loyola nos invita a preguntarnos hoy: ¿qué he hecho por Cristo? ¿qué hago por Cristo? ¿qué he de hacer por Cristo?