Viernes de cruz: e inclinando la cabeza entregó su espíritu

Según una antigua tradición, la Iglesia no celebra ni el viernes santo ni el sábado de gloria la Eucaristía. El altar está desnudo, sin
cruz, sin candelabros, sin manteles. El color de hoy es el rojo, símbolo de la humanidad agredida de Cristo y de todas las personas que sufren agresión y muerte.

Citando una parte del libro de Isaías, del Antiguo Testamento, el viernes de cruz, cuando Jesús sube en procesión sufrida y moribundo al monte del Calvario donde será crucificado, se remonta a los tiempos de sus antepasados cuando el mismo Dios, el Padre que lo había entregado, le hacía al pueblo esta revelación a través del profeta:

Miren, mi siervo tendrá éxito, subirá y
crecerá mucho. Como muchos se
espantaron de él, porque desfigurado no
parecía hombre, ni tenía aspecto
humano, así asombrará a muchos
pueblos, ante él los reyes cerrarán la
boca, al ver algo inenarrable y
contemplar algo inaudito. ¿Quién creyó
nuestro anuncio? ¿A quién se reveló el
brazo del Señor? Creció en su presencia
como brote, como raíz en tierra árida, sin
figura, sin belleza. Lo vimos sin aspecto
atrayente, despreciado y evitado de los
hombres, como un hombre de dolores,
acostumbrado a sufrimientos, ante el cual
se ocultan los rostros, despreciado y
desestimado. Él soportó nuestros
sufrimientos y aguantó nuestros dolores;
nosotros lo estimamos leproso, herido de
Dios y humillado pero él fue traspasado
por nuestras rebeliones, triturado por
nuestros crímenes. Nuestro castigo
saludable cayó sobre él, sus cicatrices
nos curaron. Todos errábamos como
ovejas, cada uno siguiendo su camino; y
el Señor cargó sobre él todos nuestros
crímenes.

Maltratado, voluntariamente se humillaba
y no abría la boca; como cordero llevado
al matadero, como oveja ante el
esquilador, enmudecía y no abría la
boca. Sin defensa, sin justicia, se lo
llevaron, ¿quién meditó en su destino?
Lo arrancaron de la tierra de los vivos,
por los pecados de mi pueblo lo hirieron.
Le dieron sepultura con los malvados, y
una tumba con los malhechores, aunque
no había cometido crímenes ni hubo
engaño en su boca. El Señor quiso
triturarlo con el sufrimiento, y entregar su
vida como expiación; verá su
descendencia, prolongará sus años, lo
que el Señor quiere prosperará por su
mano. Por los trabajos de su alma verá la
luz, el justo se saciará de conocimiento.
Mi siervo justificará a muchos, porque
cargó con los crímenes de ellos. Le daré
una multitud como parte, y tendrá como
despojo una muchedumbre. Porque
expuso su vida a la muerte y fue contado
entre los pecadores, él tomó el pecado
de muchos e intercedió por los
pecadores.

Ahora, mirando al Crucificado,
sentimos que somos puestos a mirar
el abandono y sufrimiento de tantos
hombres y tantas mujeres. Jesús no
excluye a nadie: buena y mala gente,
gente comprometida,
hombres y mujeres, mayores y gente
menuda, de aquí y de allí, en la
ciudad y en el campo, en este y aquel
país. Presentamos ante el Señor
crucificado las necesidades de
nuestra humanidad:
Por todas las personas sometidas a
dolor, sufrimiento, esclavitud,
enfermedad y muerte. Personas
enfermas o que van por el mundo
sin hogar. Dales corazón para acoger
tu misterio de Vida y danos fortaleza
y sabiduría para afrontar tanto mal y
tanta injusticia.

Y finalmente, pero no conclusión, sino como momento de pausa y de oración los cristianos llamamos “cruz” a la enfermedad, la pobreza,
la exclusión, el sometimiento, a todo lo que tiene el poder de hacernos maldecir, de quitarnos la esperanza y la fe.

Llamamos “crucificado” a hombres y mujeres que sufren violencia, tortura, hambre, odio. A quienes están en el hospital y a quienes son
arrasados por un huracán, un terremoto o una pandemia como la actual. ¿Por qué adoramos la cruz? Adoramos la cruz porque, llevando a Cristo, se ha convertido en la más alta exposición del amor de Dios.

Que tu bendición, Señor, descienda
con abundancia sobre este pueblo,
que celebra la muerte de tu Hijo en la
esperanza de la resurrección; venga
sobre nuestras vidas tu perdón;
concédenos tu consuelo. Acrecienta
nuestra fe. Haznos reconciliación
donde nos toque vivir y estar. Por
JCNS. Amén