Yo creí que era mentira. En serio lo creí

Frontera-Tachira-Colombia
Foto de referencia: Moisés Buenaño.

Los trocheros ofrecen sus servicios a la luz del día con un desespero sin igual. Eres la esperanza de su almuerzo.

Todos tienen una etiqueta: “el taxista”, “el carretillero”, “el aguatero”, “el guardia”, “la señora del café”, “el cuidacarro”.

Tú terminas siendo “el cliente”. Es el intento de una modesta y respetuosa etiqueta para quien paga 10 dólares por cruzar ‘al otro lado’. El cierre de la frontera nos salió caro.

“Yo cobro 30.000 pesos, pero como son dos te lo dejo en 25 cada uno”, me dijo Ernesto. Qué amabilidad, ¿a quién debo agradecerle? Por favor díganme; muero de ganas.

Piel quemada, dientes manchados por el cigarrillo, unas evidentes ojeras de desvelo y una camisa desgastada: básicamente la descripción del venezolano promedio que trabaja en esa zona. No les toca nada fácil. Ernesto le echa un camión.

Soy del Táchira, la frontera de Los Andes… ¡Crecí cruzando esa línea! Para ir a comprar ropa, para ver qué se traía de comida, para ir a despedir familiares y amigos, para ir a cambiar divisas…

Es que Cúcuta es una boya salvavidas en el mar de problemas de la Frontera.

Pero nunca por una trocha.

Siempre vi desde el puente, con algo de indignación, a personas cruzando el río a escasos metros del puesto de Migración. Pensé que era una “sinvergüenzura”, de parte y parte, y a lo mejor sí, pero hoy me tragué mis palabras, con todo y barro.

Luego de sacarme un “sí”, forzado por la mirada inquietante de mamá de no saber qué hacer, Ernesto se subió las maletas al hombro. Con una extraña maniobra se ancló perfectamente los 40 kilogramos de equipaje y comenzó a andar. Detrás le siguió un pana que ayudó con la tercera maleta y más atrás nosotros, con los bolsos de mano en la espalda.

Creo que no hay otra forma de describirlo: es un río de gente. Un río turbio, de caras largas, tristes, sin esperanza.

Sabes que tu destino es “el otro lado”, pero nadie te dice cómo es el camino. Se va dejando el asfalto, el piso se cubre de tierra, de esa que hiede cuando llueve y se pone viscosa con el calor del sol. Al terminar de escribir tengo que lavar mis zapatos.

La primera media hora de caminata es la más suave. Hay muchas trochas, muchos caminos reales. Pasamos por un caserío que rodea la aduana del lado venezolano.

Un par de saltos entre piedras, un par de riachuelos. En cada puentecito hay niños de la comunidad pidiendo una colaboración. ¿Para qué? No lo sé. Sólo están allí.

Si tienes sed, puedes parar a tomar un agua. Si te provocó un café, también lo hay. Si necesitas ir al baño, por supuesto que hay. A la orilla del camino hay de todo. Es como desfilar por una muy rupestre feria de servicios. Lo malo es que no puedes pasar punto: “sólo pesos”.

Aún no hemos si quiera cruzado “al otro lado” y ya dejamos a Bolívar atrás. Por estos lados no lo quieren, lo desprecian… y tanto que hizo por ellos.

A mitad de caminata nos dijeron: “Nos toca caminar un poco más, este paso lo cerraron”. Se referían a la clausura repentina de uno de los pasajes.

Y yo que pensé que ya habíamos caminado suficiente.

Colombia nunca me había parecido tan lejos.

“San Antonio, Terminal – Terminal, San Antonio. 5mil pesitos y nos vamos”, decía un hombre con acento neogranadino.

Al principio sólo lo escuchaba a lo lejos, pero al llegar, no lo creía: hay un “mini terminal” a mitad de trocha. Hay fiscal, cargador, chofer y unidades cuya capacidad de carga sorprendería a sus mismos fabricantes. La gente los paga porque vienen con mercancía del otro lado y necesitan salir de ese tumulto de gente lo antes posible.

La mayoría viaja en grupo desde ciudades en común, pagan el viaje completo. Otros, prefieren la inseguridad y rapidez de los mototaxistas. A 40 minutos de estar caminando mi hermanita me dijo: “Me siento mal, no quiero caminar más”.

¿Qué le respondo? ¿Qué le digo? ¿Cómo le explico que esta situación es por su bien? ¿A quién carajos le echo la culpa de esto? ¿Por qué ella tiene que pasar por esto?

Coño, no.

No tengo la respuesta para ello. Sólo atiné a decirle: “Falta poco, mami. Tú puedes”.

Soy un mentiroso, ya íbamos por el tercer desvío de pasos cerrados y ni los mismos trocheros sabían cuánto faltaba. Se escucha el río. Entre los matorrales se divisa “el otro lado”. Llega un punto en donde no sabes si huyes de la ley, o persigues la libertad.

Que arrecho es tener que decidir entre ambas. Que arrecho es ser ciudadano de ambos países y tener que cruzar la línea que los divide a escondidas. Te hacen sentir un delincuente.

Pero dígame usted: ¿Hay mayor delito que separar familias? ¿Hay mayor delito qué negarle la diálisis a un compadre que trabajó toda la vida en su país? ¿Hay mayor delito que obligar al ciudadano a arriesgar su vida para ir a trabajar? ¿Hay mayor delito que hacerse la vista gorda? ¿Hay mayor delito que permitir que un niño de 9 presencie una metralleta?

Al final de los matorrales hay un mecate, todos entran por un mismo carril a la taquilla de pago. Allí están ellos, controlando el orden. Nadie se atreve a mirarlos a los ojos. Zapatos, pantalón, rodillas, cintura y armamento: hasta allí llegó mi mirada.

Son amables, mujeres y niños primero. Maleta que se pierde, maleta que se paga. Los trocheros tienen que andar “derechitos”.

¿Recuerdan las peleas en las colas cuando llegaba la Harina PAN? Esta vez, no había cola, ni harina. Sólo puente y pelea.

Es el mismo flujo de gente que pasa por el Simón Bolívar, sólo que esta vez intentan pasar por un puente de 1 metro de ancho, de madera y puesto sobre piedras.

No me gustan esos “bululús”.

Me quité los zapatos, metí las medias al maletín, remangué el pantalón y me lancé al río. En ese momento dices: “Coño, no era mentira lo que me decían”. Mi mamá y mi hermana pasaron como equipaje, al hombro de Ernesto.

Creo que así nos ven los delincuentes de cuello blanco que están en los ministerios y la presidencia: como maletas. Maletas en las que pueden guardar cualquier discurso de pacotilla, maletas que pueden comprar con Demagogia, maletas que al no hacer nada guardan sus basuras, maletas sin familia, sin sentimientos, sin razón de ser. Maletas que si hablaran, tendrían mucho por contar.

Aunque ya estábamos del otro lado, aún quedaba el último reto. Sí, como un macabro video juego: cruzar “la pared”.

Es un muro de poco más de 2 metros que intenta servir de escudo ante la migración no controlada. Sorpresa: es inútil, no funciona.

Había gente subiendo por escaleras, otros intentando escalar, otros ayudándose entre sí para subir. Yo terminé cruzando por debajo, tal cual fuga de presos, por la abertura de una cañería cuyo espacio era a duras penas el necesario para que una persona pasara. Al fín crucé. Entre asfalto y asfalto es mucho lo que hay que contar.

Al pisar el pavimento colombiano, es otra la historia. La parada da para muchas crónicas más. La recepción fue una patrulla de Migración llegando a la salida de la trocha y una estampida de mercaderes y viajeros corriendo. ¿Por qué? No sé. ¿Moverse para sobrevivir es ilegal?

A lo mejor y era parte del show, del espectáculo, de la payasada, del circo. Un circo que no sé a quién le da risa, pero si logro identificar plenamente a los animales, a las bestias.

El cierre de una frontera cuesta; no plata: cuesta sudor y lágrimas. Sin la fama.

Son un montón de anónimos caminando para vivir. Ni ingeniero, ni doctor, ni periodista, ni profesor. Anónimos: si usted no paga, no pasa.

Fueron 50.000 pesos bien ganados.

Ernesto y su amigo pasan entre 3 y 4 grupos familiares al día. Nadie les preguntan cuánto peso pueden cargar o a qué hora salen a almorzar, lo que importa es que nos pasen.

A veces pasan otras cosas, pero todo sea por mandarle a su hija que está en Cúa.

Mientras tanto yo, en mi mesa de noche me pregunto: ¿Qué pasaría con la doña en silla de ruedas que le estaba llorando al GNB para pasar? ¿Qué pasaría con la chama embarazada que estaba llorando en la acera porque no tenía más que el mero pasaje para ir a visitar a su mamá en Barinas? ¿Qué estará pensando el chamín que vio las metralletas? ¿Qué habrá sentido el agente de la Policía Nacional al ver a doña Gladys limpiándose las lágrimas por no saber a dónde ir? ¿Quién me contesta? ¿Alguien puede dar la cara?

Mientras lees esto hay gente cruzando. Entre Colombia y Venezuela, entre Colombia y Ecuador, entre Ecuador y Perú, entre México y USA, entre África y Europa.

La crisis de refugiados en una realidad.

Moisés Buenaño