Lo que debió ser una noche de gala internacional en la capital venezolana, terminó siendo para muchos un recordatorio de la desidia que carcome las entrañas del Estadio Olímpico de la Universidad Central de Venezuela (UCV).
El empate 0-0 entre el Deportivo La Guaira y Fluminense por la Fase de Grupos de la Copa Libertadores no solo dejó una deuda en el marcador, sino una herida abierta en la dignidad del periodismo deportivo nacional e internacional.
En pleno 2026, un escenario que ostenta el título de Patrimonio de la Humanidad y que sirve de vitrina para el torneo de clubes más prestigioso del continente, no posee casetas de transmisión funcionales.
Al menos ese fue el mensaje que mostró al mundo con destinar espacios a la transmisión extranjera y local en las mismas gradas del estadio.
Ayer, mientras los protagonistas sudaban la camiseta sobre el césped, los encargados de llevar la emoción del juego a los hogares tuvieron que librar su propia batalla contra la precariedad.
¿Vanguardia o abandono?
La inexistencia de espacios adecuados para la prensa no es un “detalle menor” ni una queja caprichosa.
Es una grave falta logística que exige la Conmebol y una barrera directa para la difusión del fútbol venezolano.
Ver a narradores y comentaristas —tanto locales como los provenientes de Brasil— instalados en condiciones improvisadas, expuestos a los elementos y sin las garantías técnicas mínimas, es una postal que nos devuelve a décadas que creíamos superadas.
El fútbol se juega en la cancha, pero se hace grande a través de los micrófonos. Y anoche, en el Olímpico, la voz del fútbol se escuchó entre escombros y cables sueltos.
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