Oriana Iguarán: una wayuu sembradora de identidad

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Esta joven wayuu busca mantener viva la identidad de su pueblo.

El polvo se levanta en el patio de Oriana Iguarán, pero no es por el viento; son los pies de los niños que ensayan la Yonna baile del pueblo wayuu, bajo los rayos del atardecer.

Aquí, en el corazón de Guarero, a unos cinco minutos de la frontera de Paraguachón, del municipio Guajira, el silencio no tiene permiso de entrada. Oriana, mujer wayuu, comunicadora y docente, entendió hace tiempo una verdad urgente: lo que no se nombra, desaparece. Por eso fundó Apünajaa Püchi, un semillero que funciona en su propia casa y donde la tiza ha sido reemplazada por la musicalidad del Jayeechi.

En su enramada, cuando el sol marca las 2:00 de la tarde, asisten más de 50 niños que llegan desde diferentes sectores del poblado de Guarero. Todos acuden con un mismo fin: aprender más sobre sus raíces. Permanecen allí hasta las 6:00, cuando el sol ya se oculta en el horizonte y regresan a sus casas con nuevas historias para compartir en familia.

“No lo veo como un peso o algo que me moleste; es algo que amo hacer: educar y que los niños aprendan desde su propia cultura y su propio territorio. Que lo hagan a través de lo que les gusta, a través de un canto, un Jayeechi infantil o de la danza de la Yonna”, expresa Oriana Iguarán, una joven que enseña con orgullo.

No es una escuela convencional; es un refugio donde se resguardan saberes y costumbres milenarias. Mientras Oriana supervisa con la mirada el danzar de los niños y el ondear de las mantas al ritmo del kasha, está haciendo mucho más que enseñar: está comunicando identidad. En sus clases, la historia no solo se lee en libros amarillentos; se siente en el equilibrio de la danza y en la fuerza del linaje que fluye por las venas de sus alumnos.

“No aprendamos para sorprender a los demás. Aprendamos para sorprendernos a nosotros mismos. Cuando nos sintamos orgullosos de eso, cuando estemos bien con lo nuestro, podremos mostrárselo al mundo”, dice Oriana mientras observa a sus niños cantar con alegría las piezas aprendidas en esas tardes de formación.

Ver a Oriana es ver a una sembradora de palabras. Cada lección es una noticia que le anuncia al mundo que su pueblo no se apaga, que su lengua sigue vibrando y que, en Guarero, la cultura no solo sobrevive: se baila con orgullo.

Por Mary Chacín / Radio Fe y Alegría Noticias

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