Una madre venezolana de ochenta y dos años, nos recuerda que el amor materno no conoce de edad, cansancio ni muros. Durante dieciséis meses, su cuerpo frágil se hizo fuerte para recorrer cárceles, oficinas y silencios, cargando un cartel con la foto de su hijo Víctor Hugo como quien sostiene un pedazo de alma.
No hubo puerta que no tocara, ni funcionario que no enfrentara, ni excusa que aceptara sin seguir preguntando: «¿Dónde está mi hijo?». Le dijeron que no había registros, que esperara; mientras tanto, su hijo ya había muerto.
Pero Carmen no se rindió: marchó, habló, lloró en público para que su dolor no fuera en vano. Su lucha no fue solo por hallar un cuerpo, sino por defender la dignidad de un hijo, por exigir verdad frente al olvido. Y cuando al fin encontró una tumba marcada con un papel, no se quebró: pidió pruebas, siguió exigiendo justicia, transformó su duelo en bandera.
En su recorrido hay algo sagrado: el amor que no suelta, que no calcula, que no se rinde . Es ese mismo amor que nos recuerda que nadie debería sentirse huérfano de verdad, porque hay un Consolador que camina con quienes buscan, que recoge las lágrimas que el sistema ignora, y que sostiene a las madres que, como Carmen, se convierten en casa, en refugio, en promesa viva de que ningún hijo será olvidado mientras haya alguien que lo nombre, que lo recuerde, que lo ame hasta el final.
Este texto es un extracto de la homilía que este 11 de mayo hizo el padre José Gregorio Terán.
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