Cinco masacres en Colombia dejan más de 30 víctimas en los últimos días

Foto: El Tiempo de Bogotá

El viernes en la noche se conoció el asesinato de seis personas en El Tambo, Cauca; y el sábado en la mañana, de seis más en Tumaco, Nariño. La violencia que atraviesa a esta región, entre las montañas andinas y el Pacífico, va más allá de estas masacres. Según Medicina Legal, los cinco departamentos del suroccidente concentran el 29,9 por ciento de los homicidios registrados este año en Colombia.

Aunque los hechos recientes han puesto los reflectores sobre Valle, Cauca y Nariño, Alejandra Miller, comisionada de la Comisión de la Verdad y exsecretaria de gobierno de Cauca entre 2016 y 2017, apunta que es necesario ampliar la mirada regional, pues los vecinos Chocó y Putumayo tienen dinámicas similares.

También este sábado se denunció el asesinato de 5 personas en la zona de El Caracol, Departamento de Arauca, región fronteriza con Venezuela, por parte de supuestos disidentes del Décimo Frente de las FARC que siguen operando en la zona.

En la región del Pacífico colombiano confluyen campesinos, afrocolombianos e indígenas, además de “factores de persistencia del conflicto armado” como la pobreza, desigualdad y racismo estructurales, señala Miller.

Pero también los intereses de control territorial de los grupos armados que se disputan los corredores del narcotráfico de la región. La alta tensión social se manifiesta, por ejemplo, en la alta proporción de líderes asesinados allí.

Según el más reciente informe del Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), van mil asesinatos de líderes desde la firma del acuerdo de paz, en 2016; de las 194 personas con perfiles de liderazgo asesinadas este año, el 60,8 por ciento ocurrieron en esos cinco departamentos. Detrás de esta violencia hay “un momento de desorden en el orden violento”, según Camilo González Posso, director de Indepaz.

Emilio Archila, consejero para la Consolidación y Estabilización del Gobierno, dice que la presencia de las Farc mantenía acallados los liderazgos: “Una vez salen, hay múltiples manifestaciones de liderazgos que empiezan a hacerse visibles y que ponen en riesgo el control de los narcotraficantes”.

No hay disidencia

Para el consejero presidencial, en estas regiones se da una compleja combinación entre un atraso histórico y una fuerte dispersión geográfica, lo que “permite que haya captura de los territorios. Eso es lo que necesitamos acabar”, dice. Coincide en que algunas de las causas de la violencia se encuentran en el narcotráfico y los líos de tierras.

En palabras de la comisionada Miller, “ son territorios de la marginalidad habitados por las comunidades que hemos puesto en la marginalidad”. González dice, por su parte, que en el corredor entre el Alto Patía y el Pacífico hay unas formas de propiedad colectiva de la tierra que entran en tensión con intereses entre los que se incluyen los de los grupos armados que buscan controlar la zona, no solo por el narcotráfico, sino también por economías ilegales ligadas a recursos como el oro y la madera.

Sin embargo, la salida de las Farc de la región significó un cambio profundo en las dinámicas, pues los grupos que quedaron –que prefiere llamar residuales y no disidencias, pues cerca del 80 por ciento de sus miembros son nuevos– no responden a los patrones de subordinación y jerarquía de las antiguas Farc, ni llevan una guerra subversiva contra las instituciones. Aunque reconoce que se ha incrementado el pie de fuerza, dice que esto, incluso, agudiza las dinámicas de la confrontación.

Aunque los grupos residuales no tengan poder desestabilizador frente al Estado, sí tienen un alto poder de daño frente a la sociedad civil. Es el caso de los frentes Óliver Sinisterra, Dagoberto Ramos y Carlos Patiño, o de las Guerrillas Unidas del Pacífico.

“Son grupos pequeños que se mandan a sí mismos de acuerdo a quién les pague”, dice.

Miller coincide al señalar que son grupos “menos políticos” y más ligados a las dinámicas de la criminalidad común, lo que se nota en la sevicia con la que atacan a la población civil. A estos se suman los grupos de narcotraficantes, como el ‘clan del Golfo’ y la influencia de carteles mexicanos.

La comisionada Miller dice que en la región se sintió un respiro cuando se firmó el acuerdo de paz, pero que las Farc dejaron un vacío que llenaron grupos como el Eln.

Señala que hay una “precariedad en la implementación del acuerdo de paz, que buscaba contrarrestar los factores de persistencia del conflicto”. 

Señala los pocos avances en cuanto a la reforma rural integral y el enfoque del Gobierno que privilegia la erradicación forzada sobre la sustitución voluntaria.

Con información de El Tiempo de Bogotá