Con el alma rota y el corazón lleno de orgullo

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Foto: Lenys Carolina Martínez | Radio Fe y Alegría Noticias

Corría la tarde del miércoles 24 de junio, un día feriado por celebrarse un aniversario más de la Batalla de Carabobo y por otro lado era el Día de San Juan Bautista que, culturalmente, provoca que muchas personas lo celebren al ritmo de tambor en los estados Aragua, Miranda, La Guaira y Carabobo.

Estaba en mi casa, acostada en el mueble cuando de pronto sonó una extraña alarma en mi celular, cerca de las 6:00 de la tarde; alarma que no había puesto, pero que vino, casi de inmediato, con una fuerte vibración y el apartamento donde vivo se movía de un lado a otro. Alcancé de inmediato a tomar mis llaves, los dos teléfonos (el mío y el de la oficina) y salí. Mi vecina del apartamento de al lado me gritó que me pusiera debajo del marco de la puerta, pero no me dio chance porque se cerró. Apenas y alcancé a ponerme debajo de la columna de nuestro pasillo.

Respiré profundo y me aferré a la idea de que pronto iba a terminar. “¡Ya está pasando, ya está pasando!”, repetí sin parar hasta que el temblor se calmó. El balanceo de mi edificio fue algo que nunca había visto.

Por fin miré mi teléfono y había un mensaje de Google: “terremoto de aproximadamente 6.2 de magnitud”. Ese era la “alarma” que me sonó a mí y a un montón de teléfonos. A algunos no les dio chance de escapar ante la catástrofe natural, de la que poco tiempo después conocería los detalles: un doble terremoto de, 7,2 y 7,5 respectivamente, que acabó con las vidas de cientos de personas según reportes oficiales.

Bajamos todos hacia planta baja: nadie se quedó arriba. También se fue la luz, pero pensé que al menos funcionaría la señal de las telefonías. Minutos después entendí que algo muy dantesco había pasado como para que las líneas quedaran inoperativas. En ese momento una detalle me agobiaba: ¡No tenía cómo saber de mis familiares!

Al menos mientras todo pasaba pude estar en las áreas comunes del edificio con mis vecinos, quienes también son mi familia, pues han estado en las buenas y no tan buenas. Las horas empezaron a correr, acompañadas de varias réplicas, pero seguía sin saber de mi sangre. Solo cerca de las 10:00 de la noche entró la llamada de una de mis tías: “¡Carola, hija! ¿Cómo estás?”, me preguntó con esa voz de madre angustiada. Le hice saber que estaba bien y también me dio razón del resto: todos bien, asustados, pero bien.

Empezaron a llegar informaciones sobre daños en el Aeropuerto Internacional de Maiquetía, así como también en estructuras de centros comerciales, pero aún no me imaginaba del destrozo tan abismal que estos dos terremotos dejaron en La Guaira, así como en algunas zonas de Altamira, Los Palos Grandes y San Bernardino en la ciudad de Caracas, además de daños estructurales en otros regiones del país.

Las réplicas fueron una constante los siguientes días y con ello el aumento de la cantidad de muertos, heridos, personas que quedaron sin viviendas y los miles de desaparecidos.

Lo que vi en El Junquito y La Guaira

El día domingo 28 de junio fui al Junquito, cerca del pueblito, zona que donde el doble sismo acabó con la vida de unas cuatro personas y otras 38 sufrieron heridas. El lugar estaba acordonado por funcionarios de seguridad y los sobrevivientes se mudaron temporalmente a una parte cercana que llaman Gran Hotel, pero no es un hotel en sí, es un terreno con grama y ahí más de 24 familias se instalaron con carpas bajo un inclemente frío, temperatura típica de esa zona.

Ahí conocí a los hermanos Yenderson y Yolimar Moya. Todos los integrantes de su familia están bien y abandonaron con tiempo sus casas ante los fuertes terremotos. Tanto ellos como otras familias decidieron irse a ese terreno con grama porque no hay edificaciones cerca. Tenían, hasta ese momento, suficientes alimentos y bebidas, pero necesitaban más cobijas, abrigos y carpas fuertes para hacerle frente al clima.

Dos días después, el martes 30, fui a La Guaira. Desde Maiquetía se ven las innumerables carpas con personas damnificadas, pero a la par se observa al paso edificios fracturados, doblados y otros derrumbados en su totalidad.

El ambiente fue y es devastador. Adentrarse más significaba ver el horror de cerca. ¿Cómo pudo pasar algo de esta dimensión? Me pregunté y sigo preguntando.

El motorizado que me llevó fue como un ángel, cercano y muy pana. Mientras yo tomaba fotos en un lado, él me decía: “mira aquel, mira aquello…”. Nunca dudó un segundo en llevarme a varios puntos de La Guaira: Caraballeda, Caribe, Tanaguarenas, entre otros. Ver tantas cosas me llevó a una lamentable confirmación: lo que se ve en redes sociales no le hace honor a lo que se puede ver en directo.

Más allá de los derrumbes, es el profundo dolor de los familiares desesperados e indignados intentando rescatar a sus seres queridos bajo los escombros, mientras denuncian que autoridades gubernamentales han hecho poco y, hasta tardío, por la labor de rescate de las víctimas. Faltan maquinarias pesadas, grúas de diferentes dimensiones, martillos hidráulicos, esmeriles, y muchas más personas, para el levantamiento de las inmensas placas de concreto.

Es desolador verlo de cerca, mientras los uniformados solo están mirando en esos sitios. Quienes están con picos, palas, martillos o palos son los propios familiares a manos y brazos sin cesar, así como también muchos voluntarios que llegaron desde otras regiones del país para ayudar a rescatar a personas con vida y también ayudar a aquellos familiares con el rescate de sus seres queridos fallecidos.

Las grúas que vi a mi paso eran las que contrataron algunas personas para intentar salvar a sus víctimas. Cerca del edificio Caraballeda Sol hablé con Luis Vásquez, rescatista y operador de maquinaria pesada. Le dijeron que en esa residencia había personas con vida enterradas a más de ocho metros aproximadamente y estaban en ese instante en el proceso de escaneo para detectar si había vida, momento en el que absolutamente nadie podía hacer ruido: ni hablar, ni caminar… y los carros y motos tenían que apagar sus motores.

“Estoy agradecida con la ayuda de afuera, pero aquí falta gobierno”

El dolor y la rabia son enormes, pero la solidaridad se desborda. Las ayudas se triplicaron desde todas partes de Venezuela y del exterior: alimentos, bebidas, ropas, insumos de higiene personal.

Luego de hablar con un par de voluntarios en el sector Caribe, un señor se me acercó y me dijo: “Veo que estás como grabando, yo quiero denunciar algo”. Conversamos y me contó que la grúa que trabaja en las residencias Brava Mar fue porque la alquiló una persona para tratar de hallar a su hija, acción que logró la mañana del martes 30 de junio, luego de 24 horas de incansable labor.

“Nos percatamos de la magnitud de lo que estaba pasando, vimos las condiciones del edificio y, hasta el sol de hoy, no recibimos ayuda de ningún ente gubernamental. Lo que ves al fondo lo contratamos nosotros. Esto es una completa desidia, no pasan las autoridades, solo una gente de República Dominicana para detectar sonido, el domingo vino una gente de Francia. Es lo único. Allí tengo a mi hijo, a su hermanita y a la que era mi esposa. Queremos recuperar los cuerpos para terminar esta agonía”, dijo.

También en la urbanización Caribe, pero un poco más abajo de las residencias Brava Mar, están los edificios de la Misión Vivienda, los que llaman OPP. En medio de los escombros hablé con una muchacha, quien reside en Maracay y que perdió a varios integrantes de su familia que vivían en el OPP 26, y una de sus primas estaba bajo los escombros del edificio Mariana Mar, cerca del lugar.

“Allá están mis sobrinos echándole bolas ellos solos. Levantando escombros con las manos. ¡Faltan maquinarias de esas tipo uñas! Si pasan la retroexcavadora puede haber más daño. Estoy agradecida con la ayuda de afuera, pero aquí falta gobierno”, expresó ‘María’, como pidió que la identificaramos.

Entretanto, Kimberly León no se apartó del frente de la inmensa colina de escombros que están frente a las residencias OPP 26, en la torre A. Me acerqué y me contó que se salvó porque salió a comprar unas cajetillas de cigarrillos para su puesto de chucherías y café. En el piso 10, donde vivía, quedaron sus hijos.

Tiene tres: una adolescente de 17 años que no sabe cómo llegó a planta baja a medida que caían las losas. Solo se dio cuenta cuando ya estaba abajo de un solo plumazo; sus otros dos hijos tienen 9 y 3 años, y me dijo estar segura de que seguían con vida. “Mi esposo y yo empezamos a cavar y no los conseguimos. Había muchas bombonas explotando, esperé al día siguiente pero no llegaron las maquinarias ni nada. Nos refugiamos en el Campo de Golf y al tercer día nos dieron un pico, una pala y una mandarria. No consigo a mis hijos, necesitamos una máquina que levanta las placas. Mi dolor de madre me dice que mis hijos están vivos, ellos tienen un huequito con oxígeno y no me pienso mover de aquí”, me dijo entre lágrimas.

Para Lina Sánchez la historia no era distinta: tenía una hija de condiciones especiales en el que era el piso 8 en las OPP 26. “No tenemos las herramientas necesarias. Mi exigencia es que quienes están allá son seres humanos que no sabemos si están vivos o muertos y necesitamos ayuda”, exclamó.

El inclemente sol hacía de las suyas, pero ahí estaban los familiares de las víctimas encima de los escombros echando pico y pala para rescatar a los suyos. De pronto, una orden se escuchó: ¡Silencio!

No se escuchaba nada mientras se trabajaba con el escaneo tras un presentimiento de vida bajo las inmensas estructuras de concreto. Luego de un tiempo prudencial, se reactivó el paso de las personas, el andar, hablar.

Cuando ubiqué a mi motorizado, me dijo que conoció una historia. Era la de Nelson Barroso. También hablé con él, una noble persona, sin rencor en su corazón, pero con una energía increíble para ayudar a otros.

Barroso perdió a cuatro integrantes de su familia: su cuñada y tres sobrinos pequeños: un par de gemelos y una niña. A todos los pudo rescatar, pero solo logró enterrar a dos porque las autoridades gubernamentales les extraviaron a los otros dos (a la cuñada y a uno de los niños). “Venimos todos los días a ayudar en lo que se pueda, cargar una piedra, un escombro. El pueblo no deja morir a su pueblo”, expresó con mucha nobleza y a la vez gratitud por las ayudas internacionales que se presentaron en esta región.

“Llegamos aquí el primer día y no conseguimos ni un destornillador ni alguien que nos guiara. Tenemos un ejército que no lo vemos, ellos tienen lámparas, linternas y eso no lo vemos. Eso me entristece muchísimo porque hay que ayudar primero a la casa”, dijo.

Este ciudadano, de 63 años de edad, solo le pide salud a Dios para poder seguir ayudando. “Aquí estamos los que no tenemos, los que no tenemos damos más. Solo pido fortaleza para meterle la mano a mi gente, pero bueno, pa’ lante mi niña”, expresó entre lágrimas y una arepita que un motorizado le dio raudo y veloz repartiendo para todos los ayudantes voluntarios.

El reloj marcaba las 12:35 del mediodía y tocaba regresar para procesar el material e intentar entender la magnitud del doble terremoto que hizo añicos a La Guaira. La destrucción es multidimensional como me dijo una gran colega a quien estimo mucho: es un daño inmenso tanto humano, material, económico, nacional.

Algo en mí cambió luego de aquella sacudida del miércoles 24 de junio. No soporto que suene ningún tipo de alarma, ni una manada de perros que ladren. Todo puede cambiar drásticamente en fracciones de segundos. También entendí que no soy la misma luego de regresar de La Guaira aquel martes 30.

¿Agradecer que tengo salud? Sí.

¿Agradecer que mis familiares están bien? Sí.

¿Agradecer que tengo insumos para vivir? Sí.

Pero tengo el alma rota ver a tantos sufrir, con desesperación y rabia para rescatar a sus seres queridos con vida o no; ver a tantos que se quedaron sin un techo para vivir, pero también tengo el corazón lleno de orgullo porque en medio del terrible caos, hay almas nobles y solidarias para ofrecer alimentos, bebidas, medicinas y traslados a aquellos que hoy más lo necesitan.

Estoy convencida de que los buenos somos más.

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