Coronavirus y sordera

Antonio Pérez Esclarín

No sé quién va a persistir más, si el virus que se resiste a desaparecer y muta continuamente, se renueva con nuevas cepas para insistir tercamente en sus advertencias y lecciones o nuestra sordera para escucharlas y hacerle caso. Las advertencias que el Covid-19 viene repitiendo con una insistencia indoblegable son bien claras: debemos cambiar el ritmo alocado de un progreso que está acabando con el planeta , que siembra destrucción y muerte por todos lados y mantiene a miles de millones de personas en una espantosa miseria.

El Covid-19 viene denunciando también la hipocresía de nuestras sociedades  que ha puesto a los mejores  científicos del mundo y ha invertido muchos miles de millones de dólares en combatirlo,  y sin embargo no mueve ni un dedo para combatir todas las pandemias ocasionadas por los seres humanos y que ocasionan muchas más víctimas como son el hambre, la miseria, la corrupción, las dictaduras económicas y políticas,  las guerras. Con sus gritos silenciosos y su resistencia a morir, los virus nos siguen advirtiendo que necesitamos un cambio profundo de conciencia, ver todo y a todos con ojos misericordiosos; que debemos convencernos de una vez  de que o nos salvamos todos o a la larga no hay salvación para la humanidad; que es urgente que cambiemos  el rumbo y empecemos  a vernos como  conciudadanos con idénticos derechos  a una vida digna, lo que nos obliga  a superar la mera retórica de los derechos humanos y de la naturaleza y convertirlos en hechos, en realidades. Debemos abrirnos a la fraternidad ecológica, a una vida más sencilla, austera  e igualitaria,  un mundo donde no nos dejemos aplastar por la ambición ni por el ansia enfermiza de tener y de dominar. 

Al comienzo, cuando la humanidad se sentía sin conocimientos para combatir al virus y sufrimos aterrados su agresividad, se levantaron voces en todos los rincones del planeta para que asumiéramos  esta pandemia como una oportunidad para cultivar la conciencia planetaria y la fraternidad universal. Todos habitamos el único planeta tierra, tan maltratado. Todos nos descubrimos  vulnerables y comprendimos  que, al cuidarnos, estamos  cuidando a los demás; y si no lo hacemos nos convertimos en peligro y amenaza. La pandemia nos ha  evidenciado  que  estamos ligados unos a otros, que nos necesitamos. Los virus no respetan fronteras, clases, culturas, razas, religiones, y nos ayudan  a descubrir que todos somos igualmente humanos.

Por ello, muchos pensaron que, después de este inesperado golpe, el mundo ya no sería igual y hasta imaginaban un cambio profundo en la mentalidad que nos llevaría a una mayor convivencia, a trabajar por un mundo más solidario y más justo, y a profundizar en el sentido de la  vida. Por ello, se habló   de que del virus saldríamos distintos, a una “nueva normalidad”. Sin embargo, a medida que se generalizan las vacunas y se le va perdiendo el miedo al virus, ya no se habla de nueva normalidad, sino de vuelta a la normalidad tan anormal de antes, donde la economía no está al servicio de la vida, y estamos perdiendo la oportunidad de comprometernos en la construcción de un mundo más justo y fraternal.

Todavía estamos a tiempo de escuchar al virus y despertar de nuestra inconciencia. Para ello, es importante  que nos sumemos a la invitación del Papa Francisco a firmar el pacto educativo global que  recupere el sentido profundo de la educación para todos como  medio esencial de construir una humanidad más justa y fraternal.