El padre Oscar Buroz, S.J., investigador del Centro de Reflexión y Planificación Educativa (Cerpe), habló de la historia de la Compañía de Jesús, para explicar cómo el acompañamiento humano y el protagonismo del alumno siguen siendo la respuesta ante la educación.
La educación no es un museo de piezas arqueológicas, sino un manantial vivo. Bajo esta premisa, el Buroz conversó sobre el impacto y la evolución del modelo educativo ignaciano en Venezuela y el mundo.
En una entrevista en el programa De Primera Mano de Radio Fe y Alegría Noticias, que conectó el siglo XVI con el siglo XXI, Buros aclaró cómo una orden que inicialmente no planeaba dedicarse a la enseñanza, terminó construyendo el sistema educativo global más robusto de la historia.
El ‘salto’ de San Ignacio: del rechazo a la excelencia
Resulta paradójico que San Ignacio de Loyola, en los albores de la Compañía de Jesús (1539), pedía que los jesuitas no se involucraran en la educación para mantener su “agilidad” misionera.
Sin embargo, el padre Buros relata cómo Diego Laínez, segundo general de la orden, convenció a Ignacio bajo un principio teológico. “El bien, cuanto más universal, es más divino”.
“Entendieron que el espacio para difundir el bien era el ámbito educativo”, explicó Buros. “Pero no cualquier educación. Desde el inicio buscaron protectores para garantizar la gratuidad, permitiendo que el hijo del panadero o del carpintero se formara junto a las élites. No se trataba de dinero, sino de potenciar capacidades para incidir en la sociedad”.
En ese sentido, para la Compañía de Jesús, la educación nunca ha sido un proceso unidireccional. Buroz enfatizó que, siglos antes de que se criticara la “educación bancaria”, los jesuitas ya proponían al estudiante como protagonista.
Mencionó que el rol del docente no es un suministrador de datos, sino un mentor y acompañante. “No basta con saber; es imperativo saber qué hacer con ese conocimiento para servir a los demás”.
Huellas en Venezuela
El padre Buroz recordó que la labor jesuita en Venezuela dejó hitos científicos y culturales.
Mencionó al padre José Gumilla, quien presentó el Orinoco al mundo académico, y al padre Gili, quien codificó lenguas indígenas.
Como dato curioso, destacó que fue precisamente un jesuita quien introdujo la siembra del café en el país. “No hay gesto más venezolano que un cafecito, y eso tiene un origen vinculado a esta tradición de registro y observación”.
El futuro: aprender por ‘refracción’
Frente al auge de la Inteligencia Artificial (IA), el Padre Buroz sostuvo que la propuesta ignaciana es más vigente que nunca, haciendo mención al jesuita filipino Johnny Go, quien introdujo el concepto de “aprender por refracción”.
“Hoy, lo que nunca va a sustituir la tecnología es la capacidad de mirar, acompañar y humanizar el proceso”, afirmó, explicando cómo el acompañamiento humano y el protagonismo del alumno son la respuesta ante la era del internet y la IA que acompaña al mundo actualmente.
Finalmente, destacó el trabajo de la Federación Latinoamericana de Colegios de la Compañía de Jesús (Flacsi) bajo el lema “el currículo porta la misión”. Para Buroz, el reto actual es cumplir con los programas oficiales de cada país, pero sin renunciar a una formación integral que prepare a los jóvenes para la vida plena, el discernimiento ético y el compromiso social.
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