La peste del mesianismo y populismo

Antonio Pérez Esclarín

Muchísimo peor que el coronavirus es la peste del mesianismo y populismo que en Venezuela no sólo ha destruido al país y acabado con las instituciones y leyes, sino que ha carcomido el alma de millones de  venezolanos y a muchos  les ha robado el coraje y   la dignidad. Chávez se creyó un mesías redentor, el nuevo Bolívar que iba a liberar, primero a Venezuela y luego a toda América del yugo del imperio mediante una revolución justiciera que acabaría con toda dominación y explotación y traería prosperidad y felicidad a todos.

Montado sobre el chorro petrolero y unos altos precios, empezó a regalar dinero y a comprar conciencias y lealtades dentro y fuera del país. Como Mesías, él era el único poseedor de la verdad y cualquier crítica se consideraba una traición. Por ello, se fue rodeando de un grupo de devotos que celebraban sus medidas aunque fueran absurdas. Los cargos se otorgaban a sus amigos sin importar su capacitación y su moral. De ahí que la corrupción fue creciendo como un gigantesco cáncer que terminó destruyendo todo el cuerpo  del país. Chávez se fue engolosinando más y más con el poder y terminó esclavizándose a él. “Exprópiese”, repetía a gritos, y los aduladores  aplaudían sus medidas  sin caer en la cuenta de que así estaban cavando la tumba de la república. Como único Mesías, Redentor del pueblo oprimido, había que garantizar su permanencia en el poder, aunque  hubiera que transformar la constitución y acabar con la independencia de los poderes.

El mesianismo y la incapacidad de la menor autocrítica o crítica, llevó a un triunfalismo desorbitado, que a su vez condujo al sectarismo y el dogmatismo. Todos los que no aceptaban su retórica mesiánica eran  descalificados como escuálidos, traidores, apátridas y agentes del imperio.

El mesianismo va de la mano con el populismo que, en Venezuela con los altos precios petroleros, alcanzó dimensiones increíbles. Las misiones y regalos fueron acabando con la idea de que el trabajo es el principal medio de producir riqueza y de dignificar a la persona. La limosna humilla. Lo que se recibe como regalo, no se valora. Se dilapida. En torno a las donaciones crecen siempre el oportunismo y la corrupción. Y también la holgazanería y el vivismo. El supuesto amor a los pobres no combate la pobreza pues busca mantenerlos siempre pobres y dependientes. Las empresas estatizadas empezaron a producir pérdidas, pero no importaba pues había dinero en abundancia para ocultar su quiebra. Proponer la eficiencia y la sana competencia sonaba a traición, a propuestas de los capitalistas que esclavizan al pueblo.

El populismo margina a los pobres e impide su superación. Los infantiliza al sobreprotegerlos. Los menosprecia al mantenerlos dependientes. Impide su ciudadanía al convertirlos en mendigos o clientes. La supuesta solidaridad que sólo da y no exige nada a cambio, excepto  la fidelidad, margina. Regalando no estamos siendo democráticos. El que da se adueña de lo que pertenece a todos y cultiva la idea de su desprendimiento y generosidad, que alimenta su mesianismo.

Es hora de olvidarnos de mesías y supuestos héroes que sólo sirven para convertir a las personas en dependientes y pasivas. Somos nosotros los que tenemos que salvarnos. Dejemos   de esperar que alguien venga a salvarnos y enfrentemos nuestra situación con propuestas que movilicen  las mentes y corazones de todos los que queremos otra Venezuela. No necesitamos héroes. Necesitamos buenas ideas.