La neuropediatra Lurima Rivero declaró que el trastorno del espectro autista (TEA) es una condición compleja del neurodesarrollo que requiere diagnóstico temprano y abordaje interdisciplinario para mejorar la evolución de los pacientes, especialmente antes de los ocho años de edad.
Durante una entrevista en el programa Háblame Bajito de Radio Fe y Alegría Noticias, la especialista enfatizó en que el autismo “no es una enfermedad”, sino una condición que implica dificultades en la comunicación, la interacción social y el procesamiento sensorial, aunque con intervención adecuada las personas pueden avanzar en sus trayectorias evolutivas. No obstante, aclaró que cuando se asocia a discapacidad cognitiva, el pronóstico puede ser menos favorable.
Explicó que en el espectro autista existe una alteración en la adquisición de habilidades del neurodesarrollo, lo que genera diferencias entre la edad cronológica y la mental de quienes lo presentan, así como dificultades para adaptarse a nuevas situaciones.
Desde el punto de vista científico, señaló que estudios han evidenciado alteraciones en la conectividad cerebral —ya sea hipo o hiperconectividad—, disminución de la sustancia gris en áreas como el lóbulo frontal y desequilibrios en neurotransmisores. Condiciones que, según ella, también explican la relación del TEA con trastornos como la epilepsia.
Agregó que en esta condición están involucrados más de 1200 genes, ya sea por mutaciones de novo o alteraciones en proteínas que conforman el ADN, junto con factores ambientales.
¿En qué se basa el abordaje integral e interdisciplinario?
Rivero destacó que el diagnóstico es complejo y debe basarse en la evaluación del desarrollo del niño, observando hitos como la sonrisa social, la imitación, el juego simbólico y la autonomía. Indicó que suelen aplicarse pruebas estandarizadas a los 15, 18 y 24 meses, acompañadas de una intervención temprana para evaluar la evolución.
Asimismo, subrayó la importancia del entorno en el desarrollo del niño. “El niño no puede neuroconstruir si no está en contacto con el medio ambiente como debe ser”, afirmó, al insistir en la necesidad de estimular la interacción, el juego y el aprendizaje desde edades tempranas.
La neuropediatra indicó que el tratamiento debe incluir terapias ocupacionales, de lenguaje y cognitivo-conductuales, enfocadas en desarrollar funciones ejecutivas como la flexibilidad cognitiva.
También mencionó tres pilares del abordaje biomédico: reducir la neuroinflamación, promover la neuroplasticidad y garantizar el acompañamiento de especialistas.
Advirtió que en adolescentes no diagnosticados pueden aparecer trastornos de ansiedad, depresión, alteraciones del estado de ánimo, impulsividad e incluso ideación suicida.
Agregó que el diagnóstico en mujeres suele ser más tardío y complejo, debido a que tienden a desarrollar habilidades sociales que les permiten imitar conductas para adaptarse, aunque persisten dificultades en la flexibilidad cognitiva, intereses restringidos y comportamientos repetitivos.
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