Radiografía de un territorio olvidado

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Foto: Archivo.

Cuando Shary dejó de respirar tenía apenas 20 meses. Fue el martes 30 de abril y, mientras las miradas del país apuntaban a un fallido levantamiento militar por parte de Juan Guaidó y una docena de militares rebeldes, Carmen Machado, abuela de la pequeña, se movilizaba junto a su hija para concretar una sepultura digna.

“Nos vinimos en una moto desde Maicao hasta Paraguachón con la niña en los brazos. Volvimos a tomar otra moto hasta la casa porque no teníamos cómo pagar un traslado. Luego a las 4:00 de la mañana tomamos la vía principal para poder recoger algo de dinero y darle sepultura a mi nieta”, relató Machado.

Shary fue enterrada en un ataúd artesanal hecho por su tío paterno, en el poblado Nueva Lucha II, en la Guajira venezolana, donde vivía. Su madre Ángela, de 19 años, contó que en su casa apenas se comía una vez al día y que vivió días duros mientras intentaba “salvar a la bebé”.

“Soy madre soltera y Shary ya tenía muchos meses enferma”, dijo Ángela, quien denunció que en el Hospital Binacional de Paraguaipoa le pidieron todos los insumos para que fuera atendida luego de diagnosticarla con desnutrición crónica. “No tenemos dinero y en el hospital teníamos que dar todo”.

Además de desnutrición, Shary también padeció anemia, deshidratación e infecciones antes de fallecer. En aquellos días, en la comunidad Nueva Lucha II habían fallecido al menos cuatro niños en condiciones similares, según pudo constatar Radio Fe y Alegría Noticias.

De acuerdo a José González, coordinador del Comité de Derechos Humanos de la Guajira, las muertes en el municipio se pueden presentar tanto por desnutrición debido a la crisis económica –que pega con más fuerza en las zonas rurales del Zulia–, como por diversas epidemias.

En julio el área de inmunización del Hospital Binacional de Paraguaipoa, el único en la entidad, entró en alerta por sarampión, pues se recibían entre dos y tres casos sospechosos por semana, mientras la Organización Panamericana de Salud realizaba rastreos y vacunación que se complicaban por falta de transporte para los enfermeros.

“Nos hemos reunidos con el epidemiólogo del municipio preguntando por las muertes en los hospitales y algunas no están registradas: mueren en los hospitales y no hay registros de sus muertes, ni de sus causas; algunas personas mueren por un dolor en alguna parte del cuerpo o luego de vomitar y nunca se sabe la causa de su muerte”, asegura González.

A ello, se agrega otro inconveniente a la hora de documentar: las personas no tienen cómo movilizarse al hospital.

“Muy poca gente llega al hospital porque agarrar una moto es el único medio de transporte que hay en este momento en el municipio, y una carrera de 10 a 20 kilómetros sale en 100 mil bolívares en efectivo que la gente no tiene. Mucha gente muere en su casa”, explica.

Apagados, desconectados y secos

La crisis de salud en la Guajira fue reseñada por la Comisión para los Derechos Humanos del estado Zulia (Codhez) en un reciente informe donde señala que este municipio es el más afectado por la crisis de servicios públicos en la región zuliana.

En este territorio, donde se encuentra el 61,2% de la población indígena del país, se registran apagones regulares de hasta una semana. Tras el apagón nacional del 7 de marzo, la Guajira llegó a acumular más de 177 horas continuas sin electricidad, a diferencia de Maracaibo que acumuló 107. Luego, en abril, llegó a estar hasta 480 horas sin electricidad.

Estos cortes eléctricos afectan las comunicaciones. Saylin Fernández, periodista wayúu, cuenta que para cumplir con su trabajo en Radio Fe y Alegría Noticias debe pagar dos mil pesos la hora en un cyber que cuenta con planta eléctrica, lo que al cambio son aproximadamente 9 mil bolívares.

“La situación de las comunicaciones es la más precaria en los últimos años. La mayoría de la población en la parroquia la Guajira utiliza líneas colombianas para poder medio comunicarse”, dice Fernández.

Entre las telefonías nacionales, el servicio de Digitel es el que mejor funciona a pesar de ser intermitente. Según González, los vecinos de Paraguaipoa han pagado vigilantes para que cuiden la única antena de la empresa que hay en esta entidad, por miedo a que la desmantelen y queden incomunicados por completo.

Codhez también destacó que a pesar de su riqueza hídrica, la Guajira padece por agua potable, pues sólo cuentan con cinco camiones cisternas que no tienen ningún tipo de control sanitario. Además, por sus altos costos, los habitantes se ven obligados a tomar agua de los jagüeyes, según González.

En 2015 la parroquia Guajira contaba con agua de la planta potabilizadora El Brillante, pero actualmente se encuentra paralizada y en completo abandono a pesar de que el Estado ha aprobado recursos para reactivarla.  

El deber de volver

Glenyis Sencial es una madre soltera que dejó la Guajira para vivir en Maracaibo pensando en un mejor futuro para su hija de seis años. Ella siente que el lugar donde nació ya no existe y que no está en condiciones para que los niños tengan una niñez decente.

“Recuerdo que en mi colegio nunca faltaba un vaso de leche escolar, y había programas de alimentación y de vacunación. Hoy el menú de los niños es chicha sin azúcar, y una sola vez al día. Lo muelen y lo preparan con agua, que muchas veces es salada. Se siente muy mal ver eso”, expresa quien trabaja atendiendo la joyería de una de sus hermanas en el centro de Maracaibo.

Como ella, cientos de habitantes de la Guajira se van de su tierra especialmente a la capital del Zulia o al departamento de la Guajira colombiana, huyendo de la crisis económica y de servicios públicos.

Sencial explica que el pueblo wayúu tiene una concesión de la vida muy especial: para ellos, el lugar donde nacen es su ombligo y allí deben volver.

“Podemos ir a otro país, a otro continente, o a otro lado del mundo, pero debemos volver para que nuestros restos reposen en la tierra que nos vio nacer. Porque ese es el deber ser”, sentencia.