De la selva deltaica hasta Brasil, la ruta de la resistencia warao

mujer warao
Foto: Radio Fe y Alegría Noticias

Las primeras oleadas de migrantes waraos, aborígenes venezolanos que mayoritariamente se asientan en el Delta del Orinoco, comenzaron en el año 2016. Los primeros indígenas en arribar a Brasil eran los de la selva deltaica, donde el acceso a la salud, educación y el transporte, son nulos.

Las familias de Jojene, comunidad warao que está a ocho horas por vía fluvial desde Tucupita, estado Delta Amacuro, fueron las primeras en emprender las migraciones hacia suelo brasileño, donde en principio iban a probar suerte.

Para eso, apenas embarcaron en sus canoas parte de sus artes en cabuya y bora, con la intención de venderlos en Brasil. Tenían una remota esperanza de que todo resultara como en los tiempos de la Venezuela en la que yates franceses recorrían sus caños comprando sus cestas.

Las primeras imágenes de indígenas pidiendo dinero en las calles de Pacaraima y Boa Vista pronto se hicieron virales en los medios y redes sociales de Brasil. Se trató de una gran anormalidad en un país donde este tipo de iniciativas no son recurrentes. A la vista, las mujeres y hombres de Jojene. Varias personas pudieron reconocerlos. Eran las primeras alarmas para el gigante de América del Sur y los síntomas de una Venezuela que ya no podía atenderlos.

Esta realidad cambió posteriormente gracias a la ayuda de la Acnur y otras agencias de la ONU, además del acompañamiento de la Iglesia Católica. Se levantaron varios campamentos temporales donde les ofrecen salud y alimentación, mientras gestionan sus capacitaciones para su sostenibilidad.

Tucupita, la capital del estado Delta Amacuro, fue el último bastión de resistencia para los “waraos de ciudad”, quienes todavía se aferraban a posibles cambios en 2016. Era la localidad donde podían tener más acceso a alimentos, salud, luz y agua potable, prestancias que no están disponibles en la selva deltaica.

Entre las familias que resistían sin migrar está la de Deirys Ramos, una joven warao que tuvo que tomar a su hija, poca ropa y abordar un autobús con destino a la esperanza.

Su familia, conformada por 10 personas que vivían en una sola casa, vio pasar días de hambre, mientras Tucupita estaba cubierta por saqueos de comida y vandalismo. Eran días difíciles. Deirys, con su hija en brazos, evaluó marcharse de Venezuela y fue lo que hizo.

El 24 de marzo de 2019 abordó un autobús desde Tucupita y rumbo a Santa Elena de Uairén, estado Bolívar, la ciudad venezolana más cercana a Brasil.

Los indígenas waraos comenzaron a llegar a Brasil en 2016. Desde entonces, el gobierno de ese país ha autorizado el establecimiento de refugios, principalmente destinados a los indígenas, diligenciados por organizaciones no gubernamentales. Se trata de una ventaja con la que no cuentan los no aborígenes. Estos espacios están en Pacaraima, Boa Vista y Manaus. Esta oferta de refugiados y el recrudecimiento de la crisis venezolana promovieron el arribo de más waraos. Pronto todo colapsaría.

De acuerdo con datos abiertos de Acnur, para marzo de 2020 se habían registrado 5 mil indígenas venezolanos. Todos solicitaron asilo en Brasil. Del total de esta población aborigen, 66% son waraos, distribuidos entre los estados de Roraima, Amazonas y Pará.

Deirys Ramos planificó su viaje en una semana. No tenía previsto irse de Venezuela, no obstante, fueron días de muchas carencias para su familia. El saberse embarazada aceleró su salida. Sabía que no lograrían quedarse. Abandonar su terruño no resultó ser fácil, no pudo conciliar el sueño durante al menos una semana. Una dolorosa despedida como todos. Tras abrazar a su padre, se despidió de él, de su familia, de Venezuela.

La realidad del warao tradicional y no tradicional ha recrudecido. Los jóvenes de la ciudad han tenido que abandonar la universidad para trabajar por prolongadas horas en comercios y por pagos que no se ajustan a la realidad inflacionaria. Pero ha significado ser una opción diferente a la que oferta el Estado venezolano. Los de la selva deltaica, en cambio, han migrado mayoritariamente a Brasil y Guyana, dejando todo atrás, incluso su cultura, que es sagrada para este grupo étnico.

De acuerdo con datos oficiales, en Delta Amacuro existen unas 400 comunidades indígenas de las que al menos la mitad ha dejado sus hogares con tal de viajar en canoas hasta Tucupita, para luego emprender el éxodo hacia países como Guyana o Brasil. Las condiciones en sus caseríos son carentes: no tienen centros de salud ni medicinas, la educación académica es pobre, mientras se enferman sobre todo de enfermedades gastrointestinales por no cuentan con agua potable.

Dairys Ramos tuvo que abandonar el liceo, estaba estudiando en el instituto Fe y Alegría a través de un sistema para adultos jóvenes. Comía dos veces al día, pasaban mucha hambre. Comían trocitos de arepas y se acostaban a dormir. Pero en Brasil tampoco resultaría ser fácil.

Llegaron a Boa Vista. No sabían qué hacer, solo tenían en mente sobrevivir. Desorientadas, preguntaron, aunque sin éxito, porque el idioma les jugó una mala jugada. Pero finalmente lo lograron. Arribaron a una ocupación donde vivían otras etnias indígenas de Venezuela. Allí permanecieron durante varios meses. Vivían del día a día bajo el sufrimiento de la lluvia. Vendieron latas de aluminio y con eso tenían para comer harina de trigo con salchichas. Su sacrificio fue por obtener una documentación.

Una ley que por uno pagan todos

Mientras Ramos intentaba “interiorizarse”,  las autoridades les negaron este estatus, ya que los indígenas, según como lo ven ellos mismos, son estigmatizados de no adaptarse a la cultura brasilera, teniendo así problemas con el alcohol, poca limpieza y otras acusaciones. Según la opinión de los aborígenes, estas afirmaciones son absurdas, mientras lo justifican con “una protección”. A juicio de varios waraos, por unos no deben pagar todos.

Deirys Ramos medió en un duro proceso de desalojo a manos del ejército brasilero y las autoridades locales de Boa Vista.

Los waraos mayoritariamente han migrado a Brasil por la cercanía con el estado Delta Amacuro. Los más tradicionales zarpan en canoas y a remos desde la selva deltaica hasta Ciudad Guayana. Este viaje demora una semana. En San Félix pagaban con artesanía  y completaban con lo que pudieron haber reunido de dinero. Saldaban un autobús con destino a Santa Elena de Uairén, aunque desde finales de 2020 ya no pueden hacerlo por las restricciones del gobierno de Venezuela. Ahora todos migran por las denominadas «trochas».

Deirys superó todos los obstáculos porque su viaje se llevó a cabo en 2019. Cuando las autoridades de Boa Vista intentaron desalojarlos, ella asistió a un incentivo de capacitación en materia de derechos indígenas. Fe y Alegría y los Jesuitas para los Refugiados, así como otros nativos de Brasil, los ayudaron. Esta iniciativa demoró sus desalojos, aunque no por mucho tiempo.

Ramos ahora está con su familia en un refugio, aunque ahora mira con preocupación su nueva realidad. Los jóvenes han caído en el ocio, no trabajan y apenas se limitan a comer, sin intentar cambiar sus realidades de refugiados. No obstante, ella ha querido ser un ejemplo positivo.  La joven madre labora en la pastoral indigenista de Simi, Cáritas Brasil, así como mediadora de Médicos Sin Fronteras. Ha comenzado a mejorar sus condiciones de vida y ya les transfiere dinero a sus familias cada mes. Afirma que cada esfuerzo ha valido la pena, no se arrepiente de haber tomado la decisión de migrar. Sus dos hijas comen bien y eso la hace ser feliz. Atrás quedaron días difíciles en Venezuela y sus primeros intentos en el país en el que ahora está.

Está contenta porque sus hijas van a estudiar en Brasil con una educación de calidad. Sigue luchando por ser una ciudadana más de ese país, aunque sin olvidar sus raíces indígenas. Ahora apenas recuerda a una Venezuela de la que nunca quiso salir. Su corazón y una parte de ella jamás saldrán de esa nación.

Se siente orgullosa de haber vencido los estigmas contra el warao; luchó por tener acceso a los derechos fundamentales que ya Venezuela no le dio. Respira aires de esperanza y sueña con el día de poder llevarse a Brasil al resto de su familia, aunque también mira de lejos una luz para su país, que posiblemente podría cambiar, entonces acogería a dos países.

Esta es la quinta entrega, a cargo de Amador Medina y Frank Peña, del seriado Mujer, Derecho y Dignidad, una producción periodística de Radio Fe y Alegría Venezuela para mostrar la realidad que vive la mujer en medio de la Emergencia Humanitaria Compleja, la Pandemia y la participación que tienen en los espacios de trabajo y de poder.

Participaron en esta producción periodistas de Radio Fe y Alegría Noticias bajo la dirección general de Luis Sánchez.