Entregado a morir en cuatro paredes de zinc

Referencial/Foto: Tanatanae

Esa tarde se enchinchorró la hija de la negra, la que vende harina en el barrio 23 de Febrero de Tucupita. Todos ya habían elegido morir en casa y no en un centro centinela. La mayoría ya tenía COVID-19, aunque ellos simplemente dijeron tener “el virus ese” o la “revientahuesos”.

A un lado de la carretera nacional de Tucupita por el sector Paloma, al fondo y camuflada entre malezas, está la casa de zinc de José Aranguren. Oscurecía aquel 30 de julio.

Demoró una hora aguardando por un transporte que lo llevó desde el centro de Tucupita hasta su barrio 23 de Febrero, unas parcelas de tierras que fueron ocupadas hace más de 10 años. Allí tiene su pequeña casa de paredes de zinc. Vive junto a su esposa y sus tres hijos.

José era docente de inglés en el liceo de Araguaimujo, una comunidad del Bajo Delta, en la selva. La crisis lo obligó a migrar hasta Tucupita; y como a él, otros trabajadores.

Dos, tres y hasta cinco estornudos le causaron extrañeza.

-Ay Dios, que no sea coronavirus, se dijo para sus adentros, mientras se quitaba los zapatos y se subía parte de los pantalones hasta la rodilla.

Eran días de lluvia, su barrio estaba lleno de charcos, grillos y renacuajos.

– Esto puede ser una simple gripe… que sea una simple gripe, se animaba de esa manera.

Ya al fondo podía ver las barracas, hacia donde caminaba tambaleándose para no resbalar.Entró a su casa, pronto tomó un paño y se secó.

La fiebre ya lo había invadido, estaba temblando, sus dientes comenzaron a castañear. Su corazón se aceleraba. Estaba muy asustado. Pensó lo peor. Se sentó en su vieja y pequeña cama y, en un intento por calmarse o rendirse, asumió que tenía coronavirus.

Esa tarde había caído la hija de la negra, la señora que vende comida cerca de su casa. En ese barrio nadie quería ir a comprar.

Ya eran las 7 de la noche. La fiebre no había cedido. José estaba embojotado con una vieja y desgastada sábana que ya no lo protegía de ninguna sensación de frío.

Su esposa le preparaba un guarapo de limón con varias hierbas, una receta que había enseñado en vida la señora Petra Rosa, en Araguaimujo. Todos la conocieron.

Lizeta Hernández, gobernadora del estado Delta Amacuro, se había estado encadenando todos los días por las estaciones de radio, desde marzo y hasta principios de junio, para informar sobre los detalles de la COVID-19.

Los primeros casos confirmados de coronavirus hicieron cancelar sus intervenciones. Eran días de mucha tensión.

La esposa de José se comía las uñas mientras Lizeta pronunciaba la frase, “y ahora anuncio…”

Una radio del vecino permitía escuchar a Radio Fe y Alegría, aunque con mucha dificultad. Debían empatar la antena con un cable más, para obtener más nitidez. Delta Amacuro superaba los 49 casos oficiales de COVID-19 hasta finales de julio.

José se sabía era un enfermo clandestino más, al igual que varios de sus vecinos, quienes se decían estaban “enconchados”.

Todos estaban dispuestos a morir en casa, era lo que preferían antes que partir de este mundo solos, sin sus seres queridos, en una habitación vacía, en una camilla desgastada y sin sábanas, aunque con olor a formol.

Los hospitales centinelas, espacios habilitados para atender a los pacientes de COVID-19, permanecieron vacíos de enfermos, tan vacíos como sus farmacias, donde no se podía encontrar ningún medicamento para minimizar los síntomas del coronavirus. Todos preferían morir en casa antes que en un cuarto húmedo, solo, donde se pasaba hambre.

Los que atendían a los pocos enfermos que acudieron por obligación a estos centros actuaban como si dentro de aquella habitación estuviera un monstruo. Algunos lograron huir de ellos, lo hicieron en secreto y prefieren ser de los que se lleven los recuerdos a la tumba.

Temen ser encarcelados por revelar los detalles de esos días en los que sintieron haber sido confinados para siempre.

José estaba arropado. Su hijo de 12 años de edad le llevaba los guarapos que su esposa preparaba. Ella también tuvo coronavirus, pero no vivió lo peor. Tuvo más fuerzas que José. Algo dentro de ella le decía que debía ser así, y así lo hizo.

Todos los días, en la mañana y en la noche, estaba frente a él una taza con infusión de limón, hojas de acetaminofén y citronela. Ningún médico le diagnosticó coronavirus, pero tuvo claros síntomas.

– Fue una experiencia inolvidable, no era una gripe común. Los síntomas eran más fuertes, insiste José.

Al tercer día José tenía serios problemas para respirar. Cuando intentaba suspirar, sentía que se mareaba. No pudo comprar las medicinas necesarias, porque apenas tenían para comer arroz sin proteína alguna.

Al cuarto día la fiebre desapareció y se quedó sin los sentidos del olfato ni el gusto. Él temía por la vida de sus hijos, quienes afortunadamente no padecieron de síntomas severos. Uno y dos días de tos fueron rápidos para sus pequeños. Todos tenían coronavirus en el barrio, pero se trató de un secreto bien guardado. Nadie debía enterarse, menos el gobierno y así fue. Ninguno de ellos quería ir al confinamiento eterno.

Su abuela estaba sentada de espalda acomodando las leñas del fogón, donde tenía una paila carbonizada. José se acercó a ella por detrás y vio que ella asaba domplina. Todavía no le dirigía palabra alguna, porque le extrañaba todo aquello. La humareda se hacía más intensa.

– Abuela, ¿qué haces aquí?

Ella, sin mirarlo, le respondió.

– Te estaba esperando para darte esta domplina.

El humo que José aspiraba se volvió más pesado y picoso, ya no pudo respirar bien y se despertó. Eran las dos de la mañana. Se estaba asfixiando y mientras intentaba seguir con vida, recordó una vez más a su abuela, fallecida en el año 2000.

Se puso boca abajo en su cama, intentaba despertar a su esposa con sus manos, que estaba a su lado. Ella se levantó desesperada y gritó. José estaba morado, poco a poco se mareaba y la miraba más lejos, difuminándose. Ella comenzó a masajear su espalda con un mentol que tenía a la mano. No podía concentrarse en ninguna oración. Solo le pedía a Dios que lo mantuviera con vida.

Sus suegros tocaron violentamente la puerta de zinc.

– ¿Qué pasó, qué pasó?

– José se está muriendo

– María, prepara el guarapito rápido, póngale el trapito con orine en la espalda.

Al fondo conectaban una bombona prestada. Él no tenía gas desde marzo pasado. Pero José no reaccionaba, entonces fue cuando su esposa comenzó a llorar. Él apenas los oía y miraba.

Estuvo en ese estado hasta por diez minutos, hasta que el guarapo hirvió y su vapor fue destapando sus vías respiratorias. Respiraba primero por su boca.

Era el quinto día. José caminaba lentamente. Estaba débil, perdió cinco kilos. Atrás ya ha dejado su cama. Su bajo ingreso monetario no le permite recuperarse del todo, aunque dice está bien.

La crisis nunca le permitió ir a la farmacia a comprar medicinas. A lo mucho, Diclofenac. Las hierbas que rodeaban su casa de zinc deberán nacer una vez más, dieron sus vidas por José y su familia. El milagro de la naturaleza estaba permitiendo una segunda oportunidad.

Es el sexto día, José no tiene comida. Lo poco que logra adquirir su esposa, que trabaja con empresarios árabes en el centro de Tucupita, es para sus tres hijos; él mismo lo ha decidió así.

“No me mató el coronavirus, pero el hambre creo que sí”, se decía reiteradamente, en silencio, acostado en su cama, la que lo abrazó y sigue abrazando en los días más difíciles de su vida.

Cayó la noche y José fue al baño, una letrina cubierta con zinc, a pocos metros de su casa. Él, aunque todavía débil, más por el hambre que por el coronavirus. Las lluvias cesaban por ratos, pero continuaban. Caminó lentamente en medio de poca luz y se sentó. Pronto un parpadeo estrellado en su cabeza lo tumbó: se mareó una vez más.

Estaba tirado en madera húmeda, pedía auxilio, pero las gotas de lluvia que caían como arena sobre el zinc, callaban más su voz. Su sentido de olfato todavía no funcionaba como tal.

José comenzó a dar manotazos a las paredes de zinc de su baño y finalmente Keiver, su hijo de 12 años de edad, preguntó.

– ¿Papá, papá?

– Siii, aquí.

José no estaba listo para seguir con vida, estar sano, pero aun así, su cuerpo debilitado y con mala alimentación, se negaban a ceder ante el coronavirus.

Al final del séptimo día pudo comer guayabas y pumalacas. No fue su intención comer frutas, como oyó debía hacerlo, pero era lo que había para comer.

Al anochecer, como saliendo del sepulcro, se levantó con más fuerza. Podía respirar bien, olía la humedad de su barraca, recordó el sabor de lo que habitualmente es su comida, cuando sus despensas están vacías: guayabitas y mangos tiernos.

Al amanecer, su fe en Dios nunca fue tan grande como la de ese día. Despertó, y aunque débil todavía, se esforzó con tal de preparar un guarapo de café. Quería recuperarse lo más rápido, estaba cansado de aquella cama, se aburría.

Mientras José caminaba, oía por radio las primeras muertes por coronavirus.

“Y vendrán más, lamentablemente” decía la gobernadora Lizeta Hernández, al confirmar más de 60 defunciones al cierre de agosto. José se quedó en silencio.

El nudo en su garganta, que intentó tragar con un sorbo de guarapo, terminó en lágrimas que no pudo contener. En tan solo segundos rememoró sus peores días y agradeció a Dios por una oportunidad de vida más en la Venezuela que corre.

Él está flaco, sigue sin comida, viviendo en una casa de zinc, entre charcos, malezas y renacuajos, aunque esta vez sin Coronavirus.