Cada 22 de abril, desde 2009, la ONU nos recuerda que se lo dedica al planeta donde habitamos: la Tierra. Con los años, y alimentados por la cosmovisión de los pueblos indígenas la consideramos como la Madre Tierra. También, el papa Francisco, en su encíclica Laudato Si´ (2015) la llama hermana, la muy maltratada hermana y casa común.

Y textualmente dice: “Esta hermana clama por el daño que le provocamos a causa del uso irresponsable y del abuso de los bienes que Dios ha puesto en ella. Hemos crecido pensando que éramos sus propietarios y dominadores, autorizados a expoliarla”.

La reflexión del Pontífice, más vigente que nunca, se convierte en un llamado a cuidar la Tierra, que sufre maltrato y devastación y que afecta gravemente a la población más pobre del planeta.

Y es que la Madre Tierra pide urgentemente el compromiso y la acción de la humanidad para desacelerar el ritmo de destrucción del planeta.

Los océanos se llenan de plásticos y se vuelven más ácidos. El calor extremo, los incendios forestales, las inundaciones y otros eventos climáticos han afectado a millones de personas.

El cambio climático, los cambios provocados por el hombre en la naturaleza, así como los crímenes que perturban la biodiversidad, como la deforestación, el cambio de uso del suelo, la producción agrícola y ganadera intensiva o el creciente comercio ilegal de vida silvestre, pueden acelerar el ritmo de destrucción del planeta.

En la Encíclica Laudato Si’, el papa Francisco apunta que “el desafío urgente de proteger nuestra casa común incluye la preocupación de unir a toda la familia humana en la búsqueda de un desarrollo sostenible e integral, pues sabemos que las cosas pueden cambiar. El Creador no nos abandona, nunca hizo marcha atrás en su proyecto de amor, no se arrepiente de habernos creado. La humanidad aún posee la capacidad de colaborar para construir nuestra casa común”.

Advierte que “el cambio climático es un problema global con graves dimensiones ambientales, sociales, económicas, distributivas y políticas, y plantea uno de los principales desafíos actuales para la humanidad. Los peores impactos probablemente recaerán en las próximas décadas sobre los países en desarrollo. Muchos pobres viven en lugares particularmente afectados por fenómenos relacionados con el calentamiento, y sus medios de subsistencia dependen fuertemente de las reservas naturales y de los servicios ecosistémicos, como la agricultura, la pesca y los recursos forestales. No tienen otras actividades financieras y otros recursos que les permitan adaptarse a los impactos climáticos o hacer frente a situaciones catastróficas, y poseen poco acceso a servicios sociales y a protección”.

Frente a esta realidad, invita “a buscar otros modos de entender la economía y el progreso, el valor propio de cada criatura, el sentido humano de la ecología, la necesidad de debates sinceros y honestos, la grave responsabilidad de la política internacional y local, la cultura del descarte y la propuesta de un nuevo estilo de vida”, para proteger y defender la Casa Común”.

Con información de SIGNIS ALC

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