“Lo único que hicimos fue abrazarnos y llorar”

Para Saraí, el vacío emocional es tan grande como las necesidades materiales

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El sonido de la alarma sísmica el pasado 24 de junio marcó un antes y un después en las vidas de Elizabeth Mudarra y su hija, Saraí Navas. Lo que comenzó como un temblor regular terminó por arrebatarlas de su cotidianidad en Altagracia, Caracas, obligándolas a emprender un doloroso viaje de supervivencia que hoy las mantiene refugiadas en el sector Alto Paramaconi de Maturín, en el estado Monagas.

Aquella tarde, el doble evento sísmico sacudió con fuerza el edificio donde residían, ubicado detrás de Miraflores. Aunque la estructura no colapsó por completo, el desprendimiento de escombros de las paredes y el inminente riesgo de derrumbe las obligó a huir con lo puesto. Sin saber qué hacer, madre e hija pasaron ocho angustiosas noches durmiendo a la intemperie en la Plaza de la Moneda, en el centro de la capital venezolana.

“No teníamos ni idea de lo que estaba pasando, ni de lo que iba a pasar, ni de lo que íbamos a hacer. Lo único que hicimos fue abrazarnos y llorar”, relató entre lágrimas Saraí Navas, recordando la primera noche en la plaza como una auténtica pesadilla.

El refugio del reencuentro y la salud en juego

Ante la falta de alternativas y con el impacto emocional a cuestas, Elizabeth una adulta mayor con antecedentes de salud delicados, decidió comunicarse con su única hermana. Esto motivó su traslado definitivo hacia el estado Monagas. Actualmente, la familia se encuentra recibiendo cobijo en una vivienda ubicada en la Avenida Principal del sector Alto Paramaconi, en Maturín.

La situación actual de Elizabeth es de extrema vulnerabilidad. Tras haber sufrido un Accidente Cerebrovascular (ACV) hace poco más de un año, presenta serias dificultades de movilidad y requiere con urgencia retomar sus tratamientos médicos para controlar la diabetes, la tensión arterial y los problemas de circulación. Asimismo, la familia necesita el apoyo de la comunidad con insumos de primera necesidad, tales como alimentos no perecederos y artículos de higiene personal.

El hogar que ya no existe

Para Saraí, el vacío emocional es tan grande como las necesidades materiales.

«El único seguro que uno siente que tiene es el hogar. Cuando tú estás afuera y las cosas no están bien, tú lo que quieres es estar en tu casa. Que ahora ni siquiera tu hogar sea seguro… Yo quiero volver, pero ese lugar ya no existe. Quiero volver a donde me sienta segura, pero, ¿dónde es eso?», expresó.

Esta historia refleja la dura realidad de miles de familias venezolanas cuyas vidas e infraestructuras se vieron fracturadas por el sismo. Desde el estado Monagas, este caso llama a la solidaridad ciudadana y a las instituciones para colaborar con estas familias que hoy intentan reconstruir su seguridad desde cero.

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