Messi y la victoria de millones

206
Diseño: Kevin Lugo | Radio Fe y Alegría Noticias.

En un contexto de idolatría futbolística, producto de grandes talentos, pero también de grandes maquinarias publicitarias, en plena despedida de los galácticos, comenzó la era Messi. Una conjunción de factores que, fortuitos, casuales o místicos, hicieron que un muchacho argentino tuviera un matrimonio casi eterno con la historia del fútbol mundial.

Salió de Rosario con su familia para tratar de hacer frente a una enfermedad que le generaba problemas de crecimiento. Antes, intentó convencer a equipos grandes de Argentina para que le pagaran un tratamiento costoso, pero no hubo caso, ninguno se quiso arriesgar. Al otro lado del charco, a más de diez mil kilómetros de distancia, el Barcelona lo miró con el balón en los pies y quedó deslumbrado. Era el 14 de diciembre del año 2000, Lio tenía 12 años. Ese día, en una servilleta, el papá y un representante del Barça firmaron el sí, casi eterno.

Debutó primero con el equipo catalán antes que con cualquier selección argentina. Se puso la camiseta del primer equipo en un partido contra el Porto, tenía 16 años, era el 16 de noviembre de 2004. Entró y no salió más.

Una generación

Desde el debut de Messi con el Barça comenzó a verse una nueva idea de fútbol, una apuesta revolucionaria de la famosa táctica de “Fútbol Total”, popularizada por los holandeses. La historia de Messi se cruzó con los primeros resultados de la Masía, el centro de formación del Barcelona del que salieron jugadores como Xavi, Iniesta, Puyol, Busquets y otros que marcaron una generación de títulos y buen fútbol para el club blaugrana.

Messi fue el eje de ese o de esos equipos dirigidos por Guardiola, Tito, Tata, y Luis Enrique. Todos jugaban para él o con él en cada balón que iba al ataque. Su primer gol lo marcó con asistencia de Ronaldinho, que lo cargó y lo mimó una temporada entera para luego cederle la 10, la que nunca más se quitó.

En esa primera década, con el Messi de mirada perdida y movimientos veloces, el Barça ganó todo. Absolutamente todo. En 2009, por ejemplo, ganó el único sextete que se ha conquistado en un año calendario. Ese año levantaron la Liga, la Copa del Rey, la UEFA Champions League, el Mundial de Clubes, la Super Copa de España y la Super Copa de Europa. Ese año Messi marcó más de 50 goles y fue la figura absoluta. La consagración personal fue imparable. Ganó el balón de oro muchas veces, ya lleva 7. En ese interín anotó todos los goles que quiso, 793 marca su registro.

Un desastre albiceleste

Mientras la luna de miel con el Barcelona se prolongaba año tras año, con la selección argentina todo era un desastre. En este caso también se combinaron muchos factores: escándalos en la Asociación del Fútbol Argentino, corrupción, ausencia de liderazgos, desfile de técnicos e injerencia política.

Todos los esfuerzos, salvo los juegos olímpicos de 2008, en los que alcanzó medalla de oro, fueron desastrosos. Casi no jugó en el mundial de Alemania 2006, aunque anotó su primer gol en los pocos minutos que disputó. Perdieron la final de la Copa América 2007 frente a Brasil, en Maracaibo. Luego, en la Copa América de 2011, en su tierra, quedaron fuera por penales ante Uruguay en octavos.

En Sudáfrica 2010, Alemania los sacó en cuartos de final. En 2014 parecía que podía ser distinto, llegaron a la final de la copa disputada en Brasil, pero perdieron contra Alemania. En todas las ocasiones, siempre las miradas estuvieron clavadas en Messi. Que porque no se creía argentino, porque no cantaba el himno, porque no hacía lo que hacía con el Barcelona.

Pecho frío

La prensa, los argentinos radicales, los de las barras bravas de Boca y de River le gritaban “pecho frío”. Que nunca sería el mejor del mundo, que Maradona fue mejor, que no tenía liderazgo. El absurdo llegó al punto que Lionel Messi y los jugadores de la selección decidieron no hablar más con los reporteros, incluso, asomó la posibilidad de no jugar más con la albiceleste.

Chile, que siga el entierro

En 2015 se disputó la Copa América en Chile, Argentina era favorita y Messi venía de ganar la Liga y la Champions con el Barça. Llegaron a la final con la roja y la historia se repitió. Perdieron. Y volvieron a perder con Chile en la Copa Centenaria, en Estados Unidos, en 2016. Por varios años la selección de Chile sacó pecho y también sacó la pala para cavar más y más la tumba de Messi con la selección.

En el mundial de Rusia 2018, con Jorge Sampaoli en el banquillo, que venía de hacer historia dirigiendo a Chile, Messi y Argentina se volvieron a estrellar, ahora contra el muro de Francia en octavos de Final. Adiós.

¿Scaloni?

Después de fracasar y fracasar con técnicos populares y de recorrido, la Asociación de Fútbol Argentino y su presidente, Claudio Fabián Tapia (el chiqui Tapia), nombraron a Lionel Scaloni técnico de la selección de mayores. Nunca había dirigido un equipo profesional, nunca había formado parte de un cuerpo técnico de selección de mayores. Hasta Maradona se burló de la decisión. Los medios hicieron picadillo. En sus primeros partidos perdió con Venezuela en Madrid, en un amistoso 3×1.

Otra vez el destino, las casualidades -o lo que sea- hicieron de las suyas. La llamada “Scaloneta” empezó a ganar y jugar bien. Y Messi le sonrió a la nueva generación de muchachos que antes le pedían fotos en la previa de los partidos.

Pandemia

Con la llegada del coronavirus, se suspendió la Copa América de 2020, que se disputaría en Argentina y Colombia. Terminó jugándose en Brasil, en 2021 y la historia fue otra.

Con las restricciones sanitarias, Messi y la Scaloneta viajaron hasta la concentración casi obligados, nadie quería jugar una copa en medio de los muertos y la desesperanza. Sin público ni emoción.

El Maracaná

Para mantenerse apartados, no se hospedaron en Brasil, sino que iban y venían a Buenos Aires cada vez que había partido. Una copa sin familia, sin amigos, sin visitas, en absoluto aislamiento.

El torneo les sonrió en cada encuentro, apareció el portero salvador, controversial, payaso, falta de respeto y animador: Emiliano Martínez, “el Dibu”.

La final del torneo fue contra Brasil, con Neymar de estelar y la máquina Tite ya aceitada para ganar la copa del mundo en Catar.

Pero no, en noventa minutos emocionantes y con un poquito de público, en el Maracaná, Ángel Di María anotó un gol histórico para que Argentina levantara una copa con Messi de capitán.

Ese triunfo no solo significó un título, también fue la sacada de un clavo que valía por cuatro finales perdidas de manera consecutiva. Fue un desahogo y un empujón para su último chance en un mundial: Qatar 2022.

La consagración de una leyenda

Desde que debutó con 16 años, ya pasaron 18. Cuatro copas de mundo, 42 títulos como profesional, casi 800 goles y siete balones de Oro. Messi lo tenía todo, futbolísticamente hablando. Pero le hacía falta un título más, el más esquivo, el que terminara con el debate de quién es el mejor del mundo.

La travesía de Qatar arrancó mal, desastrosa. Perdieron con Arabia Saudita, sin embargo, el camino empezó a enderezarse de la mano del 10 ante México y Polonia.

En octavos de final vencieron a Australia con susto, pero sin problemas. En cuartos se midieron a Holanda y, pese a estar ganando cómodamente, les empataron el juego y definieron el paso a semis en penales, con otra actuación impresionante de “El Dibu” Martínez.

En la semifinal pasearon a Croacia. No hubo rival. En esta copa del Mundo Messi lideró toda la ruta y rompió varios récords inimaginables: Más partidos disputados (26) y más participación en goles (21), con 13 anotaciones y 8 asistencias.

Durante los primeros 70 minutos de la final, Argentina brilló y marcó dos goles. Uno de penal, de Messi y otro del “fideo”, Ángel Di María, este último fue una maravilla.

Mbappé

La consagración de Messi y de la Scaloneta fue amenazada por Kylian Mbappé, un jugador extraordinario que ya fue campeón mundial en 2018. En dos minutos empató el partido y lo mandó a la prórroga.

Aunque sacado de este guion, hay que insistir en que Mbapé es el mejor jugador de la actualidad y con una proyección impresionante. Tiene 23 años y ya convirtió en dos mundiales, en dos finales y hasta un triplete, aunque no alcanzó para levantar su segundo trofeo.

Sufrimientos

Lionel Messi se volvió a montar el equipo al hombro en la prórroga. Anotó un gol y cuando ya estaban a punto de celebrar, apareció, de nuevo, Mbappé y lo arruinó. Mejor, dicho, casi lo arruinó.

En la tanda de penales Messi dio un paso al frente y cobro de primero, anotó y le quitó presión a su equipo. Seguidamente “el Dibu” Martínez atajó y lo demás es historia.

El otro Messi

Desde que su abuela se murió, Messi levanta los brazos y apunta al cielo con el dedo índice de cada mano. Lo hace para celebrar los goles y dedicarle cada anotación a su mentora, la que lo llevó a una canchita de barrio en Rosario, cuando era una pulga y no le llegaba ni a los hombros a los chicos de su edad.

Messi cayó desplomado en la mitad de la cancha cuando Montiel anotó el penal definitivo. Con los brazos arriba y el dedo índice apuntando a las estrellas de Qatar, donde, quizás, su abuela estaba mirando en primera fila.

El otro Messi también es un tipo rarísimo para estos tiempos de ostentación y flashes. Desde que es un adolescente tiene a la misma enamorada, su novia. Ahora su esposa: Antonella Rocuzzo, que siempre está en las tribunas, antes sola o con las amigas, ahora con Thiago, Mateo y Ciro, los herederos del rey. Los cuatro parecen la familia real. No por lo que muestran materialmente, sino por el cariño y la idolatría que despiertan en cualquier parte del mundo.

La familia Messi no parece de Argentina, quizás, se parecen a lo que los argentinos quieren ser, pero no pueden: calmados, humildes, cariñosos. Algunos dicen que Lionel es el tipo que tenía que llegar para quitar a Maradona del medio. Para que, de una vez por todas, la referencia sea una persona extraordinaria, con todas sus letras.

A lo largo de su carrera, Messi despertó todo tipo de sentimientos en los fanáticos, en los mayores que lo comparan con Pelé, en otros que lo cruzan con Maradona y en los más jóvenes que lo rivalizan con Cristiano Ronaldo. Son muchos años en el ojo del huracán, en la aspiración de millones, en la algarabía colectiva, en la rabia y la tristeza.

Por fin, él, Messi, se sale del debate. Ya lo ganó todo. Absolutamente todo lo que se puede ganar jugando al fútbol. Para una generación completa lo del domingo fue un desahogo también, un llanto atragantado, un acto de justicia divina.

Como al principio del relato, una conjunción de factores: fortuitos, mágicos, casuales, causales… lo que sea. Messi es campeón del mundo. Argentina, su Argentina es campeona.

El chiquitín que un día salió de Rosario buscando inyecciones que le hicieran crecer unos centímetros más, el 20 de diciembre del 2022 vuelve con una copa en las manos, con 25 compañeros detrás, con un técnico que lo adora. Volverá para ver a los ojos a un país que alguna vez dudó de su talento y le gritó pecho frío.

Decir Messi es referirse a casi dos décadas de fútbol limpio, brillante, bonito. Son casi 20 años derrochando talento en el Barcelona y ahora en el PSG. El otro Messi inspira a millones por todo el mundo. Fuera del escándalo, de las trampas y el engaño.

Para mi generación, para los que nacimos a finales de los años ochenta, la final del mundial también es un cierre de ciclo. Estoy convencido que muchos atajamos con “El Dibu”, pateamos con Di María, lanzamos el último penal con Montiel y, al final nos desplomamos en la mitad de nuestra cancha, con los brazos arriba y el dedo índice de cada mano levantados dándole gracias a Dios, por el fútbol, por Messi, por la posibilidad de soñar, siempre.