Aquellos días en los que murió Zoraida Peña

Foto: Cortesía.

En el último día de Zoraida Peña en casa, su sobrino y la mamá le llevaron “guarapo de monte”. Ella estaba mal, apenas podía sentarse. “Se veía como borracha”.

Agosto fue el mes más mortal por el coronavirus. Lizeta Hernández, gobernadora del estado Delta Amacuro, reportó en septiembre de 2020 que más de 20 personas habían fallecido de Covid-19; aunque sus pruebas PCR nunca llegaron, la funcionaria aseguró que se trató de confirmaciones clínicas.

Eran días en los que, si tosías por alguna alergia u otra razón, era suficiente para levantar miradas extrañas y personas alejándose. La pequeña localidad estaba imbuida de rumores no confirmados, mientras para muchos la gobernadora recrudecía el pánico con cadenas diarias de radio.

Por esos días murieron Judith, una enfermera a cargo del banco de sangre del complejo hospitalario de al entidad; y René Valderrey, un reconocido abogado. Y a diario, otros no tan conocidos también se iban yendo.

Las redes sociales se llenaron de lazos negros. Fueron días oscuros para Tucupita, la capital deltana con más de 100 mil habitantes, donde todo se sabe pronto.

Las compañeras de trabajo de la señora Zoraida Peña la extrañaron ese lunes mientras rastrillaban en la plaza Vargas, espacio público asignado para Peña. Ese lunes cuando ella se quedó en casa porque no podía respirar bien.

“Un día, un lunes, ya no fue al trabajo. Nos extrañamos porque no fallaba”, dijo una de sus compañeras de trabajo.

Zoraida Peña, de 55 años de edad, trabajaba en los servicios municipales de Tucupita como aseadora de calle. Además de esta labor, se dedicaba a vender empanadas en el malecón Manamo de la localidad: el coronavirus acabó con su sustento económico y su vida.

Su sobrino Héctor y la mamá de Zoraida se levantaron  temprano el día después de enterarse de que ella estaba enferma. Tomaron varios limones, citronela y orégano; lo pusieron en agua y lo hirvieron. Caminaron desde la calle Sucre hasta Jerusalem. Cuando llegaron, Zoraida estaba sentada en el sofá de su casa. Se tambaleaba, no podía sostenerse. Sus ojos parecían los de una persona ebria y, en un principio, no los reconoció.

–           ¿Quiénes son?

–           Somos nosotros, bebé y tu mamá Luisa.

–           Ah, ok, aquí estoy, me siento muy mal.

Zoraida Peña había estado cocinando en leña después de enfermarse de coronavirus. Su sobrino asegura que eso fue lo que empeoró sus condiciones de salud. Ella estaba sin gas desde marzo de 2020. Cuando ordenaron el confinamiento por la Covid-19 en Venezuela, la crisis empeoró para ella porque ya no pudo vender empanadas en el malecón Manamo de Tucupita.

Se deprimió durante un mes, pero sus amigas la animaron a seguir adelante, así que retomó su labor de aseadora en la plaza Vargas de Tucupita. Si bien en la alcaldía no le pagaba bien, procuraban otorgar beneficios alimenticios para todos los obreros del aseo urbano.

Su otra familia, que vive en Ciudad Bolívar, la despidió en enero de 2020, luego de lo que sería su último viaje en diciembre de 2019. Siete meses después, murió en el materno de Tucupita sola y sin tratamiento especial alguno porque su familia no tuvo cómo costear los gastos necesarios.

En el sofá de su casa se tambaleaba como si estuviera ebria, no podía respirar. A pesar de ello, se bebió dos sorbos del guarapo de monte que le llevó su sobrino y mamá. “Estoy mal, me siento muy mal”, dijo la señora Zoraida Peña.

Cuatro días después fue hospitalizada. Un domingo despertó mejor, pudo comer algo, y hablar con sus hermanas que la fueron a visitar. Rieron y recordaron varias anécdotas. El lunes siguiente murió.

–           Mi tía mejoró para despedirse. El coronavirus acabó completamente con mi tía.

El miedo y el dolor los invadió. Tuvieron que velar a Zoraida Peña en un lugar clandestino, por temor a parar en la cárcel: eran días con muchas restricciones.