Los 14 mil metros cuadrados de la plaza Juan Pedro López, mejor conocida como la plaza de la moneda, adyacente a la sede central del BCV, se convirtieron desde jueves 25 de junio en uno de los 39 campamentos transitorios que tiene Caracas tras el doble terremoto del día anterior.
Los espacios arborizados, el de cielo abierto completamente, el lado sureste que es techado donde se encuentra el anfiteatro y la parte suroeste, de la biblioteca Ernesto Peltzer y el Centro Cultural Salvador de la Plaza, hoy día albergan a más de 1000 personas, la mayoría provenientes de zonas de Caracas.
En el último ambiente se encuentra Rina Romero, con sus tres hijas y cinco familias más, ocupando un pequeño espacio de ese centro cultural, todos “arrejuntados”. La cultura académica le dio paso a la sobrevivencia de los pobres.
A sus apartamentos ubicados en un edificio de la avenida Urdaneta de Caracas los declararon inhabilitables por unos ingenieros inspectores de la alcaldía ya que se agrietaron todas sus paredes. El veredicto más claro fue la cinta roja que le colocaron al frente. Por tanto, no les quedó más remedio a las 80 familias, unas 500 personas, que allí vivían que abandonar la edificación de la Gran Misión Vivienda, sin rechistar.

Mientras Rina declaró con voz enérgica a Radio Fe y Alegría Noticias sobre su situación y las de otras familias que se quedaron en la intemperie, un grupo de seis niños se “peleaban” una pelota de fútbol, no del mundial, que un buen samaritano deportista había donado al campamento el fin de semana.
La caraqueña agradeció en todo momento a la ayuda que “solo el pueblo nos ha dado”.
“Aquí no ha venido más nadie. Solo el pueblo nos ha traído comida, agua potable, pañales y artículos de higiene”, remarcó.
Rina remarcó hasta la saciedad que solo personas voluntarias de diferentes comunidades, a quienes llamó “el pueblo”, y activistas de organizaciones humanitarias les habían provisto de algunas ayudas.
Pero de repente hizo una pausa, alzó su mirada y cambió parte de su discurso: “y bueno, también le damos las gracias a la Guardia Nacional que también nos ha ayudado”. Un efectivo de la GNB se le había puesto detrás de la cámara y comenzó a observarla.
Sin embargo, se repuso al instante y alertó que supuestamente en cinco días tenían que dejar el campamento, según le habían dicho unos funcionarios de la alcaldía.
Pero ella, al igual que las otras 250 familias más que están en este campamento en pleno centro de la capital venezolana, se preguntan a dónde y cómo irán a dormir en los próximos días si la medida comentada por Rina se concretaba.

“Por razones de seguridad”
Eran las 10:30 de la mañana, del martes 7 de julio. El sol caraqueño estaba más refulgente que nunca, a Dios gracias, decían unos voluntarios porque lo peor que podía pasar es que lloviera y se mojaran las cientos de carpas azules que una organización internacional proveyó para los damnificados.
En el recorrido que seguíamos haciendo por la plaza de la principal institución financiera del país, acondicionada para este albergue perentorio, un señor de camisa roja, identificativa del partido de gobierno, se nos acercó y preguntó, con mucha cortesía, qué hacíamos y quiénes éramos.
Le respondimos, también con amabilidad, con otra pregunta. ¿Para qué y por qué necesitaba esa información? Y su respuesta vino acompañada mostrándonos un radio transmisor que llevaba en su mano izquierda: “es por razones de seguridad”. Todos entendimos y accedimos a aportar nuestros datos, también amablemente.
Mientras, una joven de apenas 21 años de edad y con 2 niños, de 5 y 6 años, respectivamente, rebuscaba entre sus pertenencias personales unas galletas para darle a sus pequeños para intentar paliar un poco el hambre hasta que llegasen los más de 600 almuerzos que organizaciones y particulares donan al campamento.

Un campamento transitorio no se sabe hasta cuándo
La señora Carmen Cumana, perteneciente al PSUV del municipio Libertador de Caracas y coordinadora de logística del campamento transitorio Juan Pedro López, informó que se activaron de inmediato en ese espacio al confirmarse la emergencia sísmica.
Dijo que la plazoleta fue organizada en cuadrantes con número de carpas por grupos familiares. Cada espacio cuenta con un personal de seguridad entre efectivos militares y policiales para evitar situaciones engorrosas.
Sin embargo, para Rina Romero esto no es suficiente “porque usted sabe que en algunos refugios se han presentado cosas muy feas. Yo tengo, por ejemplo, tres hijas adolescentes y tengo que cuidarlas”.
Cumana también comentó que las tres comidas, desayuno, almuerzo y cena, las coordinan con algunas organizaciones y voluntarios de la UCV que las hacen llegar ya preparadas “porque acá todavía no tenemos cómo cocinar los alimentos”.
En un toldo, varios niños son atendidos por un grupo de médicos voluntarios con los primeros auxilios sanitarios ante alguna alergia u otro malestar gripal, febril o de la piel.
Muchos de los pequeñines creen que ya están de vacaciones aunque no entienden mucho por qué llevan varios días en esa plaza y sin saber cuándo podrían regresar a sus casas.
Rina también desconoce hasta cuándo seguirán en el campamento transitorio o refugio como le dice la gente. Mientras tanto, las miradas de muchos se pierden entre la selva de edificios caraqueños porque en la capital venezolana mucha gente también se quedó sin casa, unas 4 mil, aproximadamente, según cifras oficiales, actualizadas al 9 de julio.

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