Mujer y médico, doble temple para exportar

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médico María José Naranjo
Foto: cortesía María José Naranjo

Al pensar en un médico de nuestro país, quizás el término que mejor le describa es “vocación de servicio”. Pero si además hablamos de médicos venezolanos en el exterior, podríamos sumar honestidad, compromiso y perseverancia.

Esas son los tres elementos que comparten las protagonistas de este relato. Son mujeres empeñadas en querer hacer las cosas bien y cumplir hasta el último día de sus vidas con el juramento que una vez firmaron en una universidad venezolana.

En este Día del Médico, aunque sea una fecha dentro de nuestro territorio, en Radio Fe y Alegría Noticias queremos también rendir tributo especial a aquellas que hoy dejan muy en alto el nombre de Venezuela y la profesión que ejercen con tanta vocación.

Obligada a emigrar

La médico cirujana Blanca Figueroa se vio obligada a migrar luego de saber que el gobierno nacional había emitido una orden de allanamiento en su contra. Junto a 10 colegas fundaron la ONG Médicos Unidos por Venezuela para visibilizar la crisis que se agudizaba en el sector salud “porque la mayoría de los cirujanos no teníamos insumos para operar”.

Pero al saber que el gobierno nacional la perseguiría, tuvo que irse con su esposo y apenas una maleta llena de angustia. “Sin preparación, sin ningún tipo de información” llegaron en agosto de 2017 a Puerto Montt, una ciudad portuaria del sur de Chile.

Exigir mejores condiciones laborales en los hospitales públicos del país los tachó de “políticamente contrarios al gobierno de Maduro sin ser políticos”. 

Esa misma angustia la acompañó por mucho tiempo, pues para ese entonces no existían redes de apoyo para migrantes venezolanos, por lo que tocó comenzar a construir una comunidad de contactos y siguiendo el legado de lo que había dejado en su país, fundó Médicos Unidos de Venezuela en Chile.

El primer reto fue lograr la validación de los profesionales de la salud. Ella siente que “el médico venezolano en el exterior se siente desasistido, agobiado, angustiado y sin dinero”.

Pero la solidaridad todo lo puede y fue tanta la insistencia, que trabajaron hasta labrar el camino para que luego otros colegas puedan tener una guía de qué hacer antes y al llegar a ese país para certificar sus títulos de pre y posgrado.

En septiembre de 2020 se separa de Médicos Unidos y funda la Sociedad de Médicos Venezolanos en el Mundo que hoy cuenta con seis núcleos. A pesar de ello sigue con el mismo objetivo: apoyar a los médicos que desean emigrar “como una cadena de favores”.

Aunque no es venezolana de nacimiento, extraña al país que considera suyo, a su familia, “a nuestra vida. Se extraña todos los días pero se aprende a agradecer al país que lo recibe. Se aprende a estudiar de nuevo, a reconocer el valor del amor y la solidaridad de desconocido. Sin haber hecho núcleo con ellos, no hubiéramos sobrevivido”.

Con nostalgia en su voz y un notable acento chileno, afirma que de haber un cambio de gobierno en Venezuela, volvería junto a su esposo a reconstruir el país. Su mayor aprendizaje durante este tiempo es que siempre se puede volver a comenzar, sin importar el tiempo ni la edad.

Una médico “sin origen”

A casi 4.200 kilómetros de distancia de su casa natal, Mariel José Pérez Fernández salió de Venezuela por el dolor de haber perdido a su hermano en 2016.

Eso y que “la situación era completamente difícil. Lo que cobraba como médico no me alcanzaba ni siquiera para pagar la guardería de mi hija y hacer mercado simultáneamente”.

Junto con su hija de 7 años, esta médico de la Universidad de Carabobo primero salió de Santa Cruz de Aragua a República Dominicana pero allá comprobó que legalizarse y ejercer serían algo muy difícil. 

Gracias al apoyo de su familia, llegó a Perú en agosto de 2018 y aprobó las pruebas del Colegio de Médicos. Hoy, con apenas 29 años de edad, trabaja legalmente y vive en carne propia las diferencias de ejercer su profesión dentro y fuera de Venezuela. 

“Allá (en Venezuela) la medicina es más humana, más clínica. La gente aquí en Perú es más grosera y altanera, sin mencionar la xenofobia y el clasismo”, agrega a la entrevista.

Este camino la ha hecho más responsable, paciente y resiliente, afirma. “Aprendí también que puedo ser esa médico humana, humilde, responsable de mis actos sin necesitar que una dirección médica me imponga hacer de mi ejercicio, un negocio”, reflexiona.

Del oriente venezolano al sur argentino

La distancia que separa a María José Naranjo de su hogar sobrepasa los 7 mil kilómetros. Ella es anestesiólogo graduada de la Universidad Nacional Experimental Francisco de Miranda y hoy día ejerce en La Pampa, en el centro-sur de Argentina.

Convalidar su título, hace cuatro años cuando llegó al sur, le tomó unos 8 meses pero realmente “lo más difícil fue la espera”. Considera que ser venezolana le ayudó a conseguir trabajo pues “acá nos respetan mucho y nos consideran personas super preparadas y educadas”.

A sus 39 años, confía en que de todo este proceso se queda con un gran aprendizaje: aprender a confiar en sí misma. “Algunas veces uno no sabe lo que es capaz de hacer, de su potencial. En mi caso puedo decir que los argentinos son personas que nos hacen el camino más llevadero en todo este desarraigo”, agrega.

Migrar para crecer 

Vanessa Yánez emigró en 2017 a Copiapó, Chile. Es médico internista de la Universidad Central de Venezuela y cuenta que “he estado ejerciendo acá desde el día 1”.

Es de Nirgua, estado Yaracuy, y tomó la decisión de irse en un año bastante difícil para una Venezuela sumida en protestas y escasez de productos básicos. Fueron casi 11 días por carretera pero el mayor reto fue “adaptarme a una cultura diferente”. El apoyo de sus compañeros de trabajo ha sido fundamental para lograrlo.

“Profesionalmente he hecho cosas que quizás no haría en Venezuela por lo que todos sabemos que pasa en los hospitales públicos”, escribe.

La misma pasión en el viejo continente

Y aunque la mayoría de los testimonios de este texto, así como aquellos que por tema de espacio no pudieron entrar, son de médicos migrantes en suramérica, cerramos con María Guadalupe Rodríguez, una médico de la Universidad de Oriente que dejó su casa en Barcelona, estado Anzoátegui, para instalarse en León, España.

Se fue en el mismo año que Vanessa luego de una amarga experiencia: mientras cumplía con el Artículo 8 o “la rural” en la Isla de Margarita, personas desconocidas entraron a la casa donde vivía sola. Afortunadamente no le hicieron daño físico pero sí terminaron de abrir una herida que tuvo que curar al irse del país.

Ahora vive en León y es residente de primer año de anatomía patológica. Logró esa plaza luego de presentar dos veces el examen MIR (Médico Interno Residente) en el que participan médicos de todo el mundo. 

La primera vez lo reprobó, pero no se quiso conformar. Comenzó a ejercer en la parte privada y con doble esfuerzo, logró aprobar. 

Al preguntarle lo que extraña de Venezuela, responde con entusiasmo “extraño todo. Amo a mi país y quizás lo que más extraño es sentirme en casa, esa calidez que tenemos los venezolanos, la cercanía para tratarnos. Sin contar a mi familia, a mis padres. El clima, las playas…”

Sin embargo, enfatiza su agradecimiento a todas las oportunidades que se le han abierto en España que le han enseñado a perseverar y no rendirse.

Mariel, Vanessa, Blanca, María José y María Guadalupe son solo algunas de los cientos de médicos venezolanos que hoy día ejercen en otros hospitales del mundo. Algunos quisieran volver, otros prefieren no tener esa opción en el panorama.

Independientemente de lo que les depare el destino, estas mujeres de temple ejercen con transparencia y corazón la profesión con que juraron respetar. Seguras de sí mismas y superando las grandes pruebas que implican emigrar y hacerse su propio espacio dentro de otra cultura.

Juramento hipocrático

Juro por Apolo el Médico y Esculapio y por Hygeia y Panacea y por todos los dioses y diosas, poniéndolos de jueces, que este mi juramento será cumplido hasta donde tenga poder y discernimiento. A aquel quien me enseñó este arte, le estimaré lo mismo que a mis padres; él participará de mi mandamiento y si lo desea participará de mis bienes.

Consideraré su descendencia como mis hermanos, enseñándoles este arte sin cobrarles nada, si ellos desean aprenderlo.

Instruiré por precepto, por discurso y en todas las otras formas, a mis hijos, a los hijos del que me enseñó a mí y a los discípulos unidos por juramento y estipulación, de acuerdo con la ley médica, y no a otras personas.

Llevaré adelante ese régimen, el cual de acuerdo con mi poder y discernimiento será en beneficio de los enfermos y les apartará del perjuicio y el terror. A nadie daré una droga mortal aún cuando me sea solicitada, ni daré consejo con este fin. De la misma manera, no daré a ninguna mujer supositorios destructores; mantendré mi vida y mi arte alejado de la culpa.

No operaré a nadie por cálculos, dejando el camino a los que trabajan en esa práctica. A cualesquier casa que entre, iré por el beneficio de los enfermos, absteniéndome de todo error voluntario y corrupción, y de lascivia con las mujeres u hombres libres o esclavos.

Guardaré silencio sobre todo aquello que en mi profesión, o fuera de ella, oiga o vea en la vida de los hombres que no deba ser público, manteniendo estas cosas de manera que no se pueda hablar de ellas.

Ahora, si cumplo este juramento y no lo quebranto, que los frutos de la vida y el arte sean míos, que sea siempre honrado por todos los hombres y que lo contrario me ocurra si lo quebranto y soy perjuro.