Profesores migrantes, la Venezuela que se queda sin referentes universitarios

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Foto: Archivo.

La migración de venezolanos, que comienza a registrarse como fenómeno masivo a partir de 2015, tiene sin duda múltiples aristas. Dado el enorme flujo de personas que salieron y siguen saliendo del país, esto traerá secuelas poblacionales que a su vez afectan ahora y afectarán en el largo plazo ámbitos muy específicos, de la vida nacional, como los servicios de salud o la educación.

Una de estas aristas que resulta más preocupante tiene que ver con la pérdida del profesorado universitario. Junto a la crisis humanitaria extendida, el propio sector universitario de Venezuela vivió una crisis en diversas olas, pasando desde las presiones políticas en contra de la elección autónoma de autoridades, hasta la reducción al mínimo del presupuesto de las universidades públicas, llevando a lo que podríamos denominar asfixia institucional.

Para mostrar estampas de esta arista usaré cifras y citas del artículo académico firmado por Audy Salcedo y Ramón Uzcátegui, que fue publicado el año pasado en la revista Vivat Academia bajo el título “Docentes universitarios migrantes: una mirada cuantitativa a un problema cualitativo”.

Coincidimos, a grandes rasgos, con la definición macro que ofrecen estos autores en relación a la crisis migratoria que vive el país: “Venezuela es un caso de migración forzada, la situación a la que ha sido sometida la población producto de la acción gubernamental ha hecho que millones de personas hayan tenido que desplazarse de sus hogares hacia otros países. La pérdida de calidad de vida, la disolución institucional y la violación sistemática de los derechos humanos condiciona las razones por las cuales muchos venezolanos salen del país”.

Incluso antes de que se hiciera notable la migración masiva de venezolanos, que la reciente Encuesta de Condiciones de Vida de la Universidad Católica Andrés Bello ubica, sin duda, en 2015, ya existía un silencioso éxodo de profesores universitarios, especialmente los de mayor calificación académica. Ha ocurrido un vaciamiento no sólo humano sino intelectual de las casas de estudio superiores en Venezuela.

Como lo reseñan Salcedo y Uzcátegui, en 2014 ya comienza a percibirse con fuerza un movimiento migratorio del sector universitario. El directivo de la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela (UCV), Gregorio Alfonzo, cuantificó 834 renuncias entre 2008 hasta 2011. Para 2014 se estimaban 220 renuncias, sólo en la UCV. La mayoría de quienes renunciaban lo hacían para irse del país.

A mediados de este año un reporte del Observatorio Venezolano de Universidades (OBU), mostró una tabla comparativa sobre los salarios entre profesores universitarios de América Latina. Venezuela tenía los sueldos más bajos de toda la región, con el equivalente (en ese momento) a 100 dólares mensuales, para un profesor titular, el rango académico más alto. Por encima estaban Cuba con 123 dólares al mes y Haití con 174.

Muchísimos profesores venezolanos salieron a Colombia, Ecuador, Chile, México. La diáspora académica se extiende también a Estados Unidos y España, entre otros tantos destinos. No había que sacar muchas cuentas.

Los venezolanos, como ha ocurrido con otros tantos flujos migratorios masivos, se encuentran con esta dura realidad: Las altas calificaciones que portan refugiados, desplazados y migrantes no son inmediatamente percibidas, reconocidas o convalidadas en el país receptor. La inserción y desarrollo profesional del grupo humano que conforma la migración puede verse limitada por barreras legales, idiomáticas, culturales y de certificación.

Aunque destaca como tendencia la migración de jóvenes, en el caso de profesores universitarios, con datos recabados en un sondeo realizado por Salcedo y Uzcátegui, casi la mitad de los docentes venezolanos que habían emigrado se encontraban entre los 46 y 65 años.

Diversos estudios han demostrado que justamente esta etapa etaria es central en el campo universitario, ya que la labor de profesores e investigadores universitarios se acrecienta con el paso del tiempo y, justamente una persona que realiza trabajo intelectual podría estar en su mejor momento en torno a los 60 años.

Es una dura realidad reconocer que será irreparable para el país haber perdido este capital intelectual, formado en no pocos casos con postgrados y años de experiencia universitaria. El trabajo académico al que hemos hecho referencia en este texto se puede leer haciendo clic en este link.

No hay cifras globales sobre a cuánto asciende la migración del profesorado universitario en Venezuela. Pero OBU sí ofrece un dato que resulta revelador de la magnitud de lo que enfrentamos como sociedad: en una encuesta nacional aplicada a estudiantes universitarios en este 2022, un 39% tiene como plan de vida emigrar apenas concluya sus estudios universitarios en Venezuela.

Hacer del país un espacio en el cual los jóvenes deseen permanecer y desarrollarse profesionalmente es todo un desafío para nosotros, para todos, como sociedad.