Que esta tierra arda, que no haya paz sino división

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Foto: cortesía

Hundidos en el fango y sin pan para comer

Resulta curioso constatar cómo algunas figuras de autoridad contemporáneas —en sintonía con algunas del pasado— rechacen que se les lleve la contraria, no por “oposición política”, por ejemplo, sino porque están equivocadas, sencillamente. Igual reacción se evidencia cuando no se complace a los poderosos de turno o cuando éstos se dan cuenta de la presencia de “contrapesos” independientes, cuya función principal es equilibrar la balanza para evitar excesos, atropellos e injusticias en el ejercicio de tal poder, de manera que los dirigentes no se hagan con dinámicas autoritarias, totalitarias.

El profeta Jeremías puede ayudarnos a comprender lo apenas dicho. Intentaré resumir el contexto en que se enmarca el capítulo 38 que oiremos este domingo.

Sedecías gobierna Israel. Babilonia está al acecho, queriendo hacer botín de la Ciudad Santa. Israel se ha aliado con Egipto y los caldeos han retrocedido ante la presencia de semejante potencia bélica. Sin embargo, el mensaje del profeta es poco halagüeño, desentona con el optimismo ambiental del Rey y su corte, que han visto a Babilonia recular.

Jerusalén va a caer, afirma Jeremías en nombre de Dios: “no importa si derrotas a tus enemigos, la ciudad caerá; ya no hay pan siquiera”.

Ser coherente con su principio y fundamento, acarrea enemistades a Jeremías. Los dignatarios lo ven con antipatía, lo detestan; no les gusta la verdad de Dios. Estamos en presencia de dirigentes a quienes hay que complacer siempre, jamás contrariarlos. Se nutren de la adulación, y maquillan la realidad cada vez que ésta se empecina en contradecirlos.

La integridad de vida, la fidelidad y la pasión por la verdad, llevan a Jeremías a hundir sus pies en el fango, teniendo la muerte por seguro en esa tumba donde ha sido enterrado en vida. Pues bien, de este sepulcro Dios rescatará a su profeta.

El dato curioso de esta historia es que el Rey, que había autorizado el encarcelamiento de Jeremías, acepta liberarlo porque necesita saber la verdad de lo que vendrá. Se ha dado cuenta que vivir de adulaciones es necio, es todo fatuidad, que lleva al fracaso especialmente cuando la ciudad está por ser conquistada. El Rey debió tomar partido.

Fuego y división

Hablando de tomar partido, el Evangelio del domingo nos desconcierta con las palabras puestas en boca de Jesús, porque no se corresponden con la figura del Señor que emerge de la lectura–oración de todo el Nuevo Testamento.

Jesucristo, que sirve de modelo de todo cuanto fue creado, ¿hablando de incendiarlo todo? Jesús de Nazaret, quien proclamó en todo momento y circunstancia la filiación y la fraternidad como vocaciones sublimes, puerto de llegada para todos nosotros, ¿hablando de divisiones y contiendas? ¿Lazos familiares fracturados?

El episodio de Lucas tiene aires catastrofistas, de desenlace final, de llegada a la última estación del recorrido, de toma de decisiones; las opciones no se pueden dilatar más en el tiempo. La imagen de Jesús que brota del episodio es la de un hombre firme, que llama a igual actitud, poniendo entre las cuerdas a sus seguidores.

La mención al fuego, a incendiar el mundo, tiene que ver con “un nuevo comienzo”, una “nueva creación”. De igual modo que se abrió una nueva historia para la humanidad con el diluvio divino, se dará un nuevo tiempo determinado por el fuego, donde todo se acrisolará, se templará.

No es que el Señor dará rienda suelta a su vocación piromántica (lamentablemente, nuestra casa común ya arde desde hace buen tiempo, a raíz de nuestros actos irresponsables). Lo que se nos quiere trasmitir echando mano de la imagen del fuego es que seguir a Jesús supone un nuevo comienzo, una re–creación que contrasta con todo cuanto dejamos a nuestras espaldas.

En cambio, el tema de la separación, de la ruptura de las relaciones, de la división, tiene que ver con que en este nuevo comienzo debemos decidirnos. Debemos optar, tomar partido como hiciera Sedecías, quien debe decidir si continuar haciendo caso a los aduladores de oficio o al profeta con su antipático mensaje.

Un nuevo comienzo y decisiones de envergadura para un pueblo que está hundido en el fango, y que no tiene pan para comer.

Por: Luis Ovando Hernández, s.j. | Centro Gumilla