Cuando María salvó a su esposo de la muerte por COVID-19

Foto cortesía: María Caffroni.

A las 12:00 de la madrugada María Caffroni recibió una llamada del hospital en el que estaba recluido su esposo Vladimir Escobar por Coronavirus.

Querían que fuera hasta allá y se despidiera del hombre con quien había pasado los últimos 22 años de su vida; lo trasladarían a la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Central de Valencia porque se había complicado.

El martes 15 de septiembre de 2020 Vladimir llamó a su esposa para avisarle que llegaría temprano a casa, le habían chequeado la temperatura en la compañía donde trabaja y la tenía en 39°, los ojos le ardían mucho, por lo que le recomendaron tomar reposo.

La empresa donde labora había tomado sus recaudos por el brote infeccioso de COVID-19 y estableció un protocolo para sus empleados. Éste refería que todo trabajador que padeciera los síntomas asociados a la enfermedad se les daría reposo absoluto por 14 días “para prevenir”; si luego de ese periodo se sentía mejor, podía reincorporarse.

Pero en el transcurso de tres días el malestar de Vladimir lo que hizo fue empeorar. Siempre tuvo fiebre y mucho dolor de cabeza, esto activó las alarmas de una doctora en la empresa, ella se comunicaba constantemente con María y acordaron por teléfono suministrarle el tratamiento contra el Coronavirus.

Durante el fin de semana no presentó fiebre, por esa razón no se le siguió suministrando los medicamentos. La tan ansiada evolución de Vladimir había llegado rápido, pero así como vino se esfumó.

El viernes en la madrugada tuvo uno crisis respiratoria luego de que caminara de la cama al baño, terminó muy fatigado. María llamó ese fin de semana a la doctora, ella le sugirió hacerle una segunda placa a su esposo; cuatro días antes, en el primer rayos X, arrojaron que los pulmones de Vladimir se veían afectados por un principio de neumonía, sin embargo, las personas que les atendieron en la clínica insistieron en que no se preocuparan.

María envió a la doctora por WhatsApp las fotos que había tomado a la segunda placa de su esposo, y ella le contestó al instante

—Llévalo de inmediato al hospital, tiene una neumonía bilateral—.

Un desfile de olores no putrefactos pero que estaban al límite de esa delgada línea le hicieron saber a ambos que habían llegado a la Ciudad Hospitalaria Dr. Enrique Tejera (CHET), mejor conocida como el Hospital Central de Valencia.

Ese hedor provenía de desechos e instrumentos hospitalarios utilizados por el personal de salud que eran recogidos por el camión de basura una vez a la semana, o cuando se conseguía gasolina en esa zona de la entidad carabobeña.

Dentro del hospital las enfermeras de guardia vieron las placas de Vladimir y con un oxímetro determinaron que el oxígeno en su sangre estaba en 66%, cuando lo normal es que estuviese alrededor del 95 u 100%. Estaba grave. Lo dejaron internado y en aislamiento, algo que su hija Victoria de 18 años presentía porque su papá no mejoraba en casa.

La familia Escobar-Caffroni desde un principio manejó el caso de Vladimir como Coronavirus. Entre los tres decidieron mantenerlo aislado y que siempre se utilizara el tapaboca tanto a fuera como dentro de la casa para evitar el contagio.

Cuando Victoria habla de sus padres lo hace como si se tratara de esas parejas destinadas a estar juntas toda la vida, como si un hilo rojo invisible los conectara y que por eso estaban predestinados a quererse entre sí.

Ese hilo rojo puede estirarse o enredarse, pero no romperse. Así ocurrió cuando eran casi niños, se hicieron novios: María tenía 15 y Vladimir 18 años, al tiempo se dejaron, pero luego volvieron a encontrarse ahora ella de 18 y él de 21. Allí en adelante no se enredaría más el hilo. O tal vez un poco.

Los mensajes de apoyo y solidaridad llenaron la bandeja de entrada en el teléfono de María. Nunca estuvo sola. Estaba arropada por las familias de ambos, compañeros de trabajo, los amigos, y vecinos de la cuadra.

Esa solidaridad también la sintió con los familiares de los pacientes que compartían la misma sala fría en la que estaba su esposo. Una vez uno de ellos se disfrazó de enfermero para entrar al cuarto donde se encontraba su mamá. Nadie se dio cuenta.

El muchacho luego de constatar el estado de salud de su madre, salió del cuarto, se quitó el traje de bioseguridad, el cubrebocas y los depositó en la entrada del CHET, ahí donde se acumula todo lo utilizado en el hospital. Luego pidió un poco de antibacterial que tenía guardado uno de los que esperaban información de su pariente en la sala de espera. Mientras se estrujaba las manos con el líquido le dijo a María:

—Vi a tu esposo. No está tan mal como los demás que sí están tosiendo mucho—.

María sintió que le habló su ángel de la guardia. Había dado con un método para obtener información referente a su esposo, ya no tenía que esperar a los doctores de turno que a cada tanto cambiaban y que confundían las historias de los pacientes; no se daban abasto, las energías tampoco les daban para más.

Fue cuando empezó a contactar una por una a las enfermeras que trabajaban en el área en que se encontraba Vladimir, les empezó pagar para que le suministraran información de cómo estaba su esposo.

El único día que pudo verlo fue esa madrugada en la que la llamaron del hospital, le insistieron en que debía acercarse hasta allá de forma inmediata.

Al llegar, María intercambió con la doctora en el hospital uno de esos diálogos atropellados que se tatúan para siempre en la memoria:

—Pasa a ver a tu esposo— le dijo.

María replicó que no llevaba la vestimenta apropiada para entrar y la doctora respondió:

—Bueno, tú decides. O pasas a despedirte de él, o no lo vas a ver más—.

María se persignó antes de ingresar a la habitación e hizo como si tuviera unas gríngolas, así no vería hacia los lados.

Repetía y repetía en su cabeza —Dios mío dame fuerzas para no llorar frente a él—.

«En una cama tan destartalada como las otras siete estaba recostado mi esposo, vulnerable, pero consiente».

—Me van a pasar para UCI—, dijo.

Yo le pregunté —¿Qué quieres tú?—.

—Yo quiero vivir— me contestó.

«De nuevo repetí en mí cabeza —Dios mío dame fuerzas para no llorar—. Le dije que no estaba solo, que luchara porque todos estábamos con él. Le pedí que orara porque nosotros íbamos a salir victoriosos de esta batalla. Ya vas a ver que sí vamos a poder».

En ese momento, María empezó a escuchar como tosían los demás pacientes. Las de algunos era una tos seca, en otros se alternaba entre una respiración corta, acelerada que resultaban en arcadas. Se retiró de la habitación.

Doctores de la familia habían advertido a María que Vladimir podía ser ingresado a la UCI, que no lo permitiera porque solo el 1% sobrevivía. Ya estando afuera de la sala debía tomar la decisión más difícil en la vida de ambos. Cerró los ojos, se encomendó a Dios y luego de evaluarlo todo decidió que lo mejor era no trasladarlo a la UCI.

De nuevo, la doctora que le invitó a despedirse de su esposo le encaró.

—¿Qué criterio tienes tú para no pasarlo a la UCI—.

María le repreguntó —¿Cuál es su criterio para ingresarlo a cuidados intensivos?—

A lo que la doctora le respondió: —Se está muriendo ¿te parece poco?—.

María saltó al paso —Sí, pero usted bien sabe que los pacientes que entran a UCI tienen muy pocas probabilidades de vivir—.

—Por lo menos del 1%—

—Si es del 1% prefiero no tener nada—, Sentenció María.

Finalmente, a Vladimir no lo entubaron.

Desde el hospital le solicitaron a María el tratamiento que debía comprar para que su esposo pudiera curarse de la COVID-19. Si no, debía “tener suerte” y esperar unos 10, 12 o 15 días a que enviaran los medicamentos desde el Ministerio de Salud.

Nicolás Maduro en una rueda de prensa con medios de comunicación internacionales dijo que en Venezuela se garantiza el tratamiento gratuito para todos los pacientes con Coronavirus, “a pesar del bloqueo impuesto por el gobierno de Estados Unidos y sus aliados”.

A Vladimir había que comprarle siete dosis de Remdesivir, cada una tenía un precio en el mercado negro de 280 dólares. María pidió apoyo a la empresa en la que trabaja su esposo y le donaron cuatro, las otras tres las pudo adquirir gracias a que su familia reunió el dinero. María llevó a la CHET el tratamiento que le pidieron.

Esta vez Vladimir sí tendría una mejora sostenida durante los próximos 20 días.

María se levantaba junto a su hija a las 4:00 de la madrugada. Una cocinaba el desayuno y la otra el almuerzo. La jornada terminaba con Victoria preparando en las noches un sándwich a su papá. Nada de comidas recalentadas. Vladimir comía a las horas que correspondían y caliente gracias a ellas.

Desde las 6:20 am María estaba en el Hospital Central de Valencia, le daba la cola uno de los familiares de los siete pacientes con Coronavirus con quienes Vladimir compartía habitación.

Vladimir poco a poco se recuperaba. Él mismo se daba ánimos, aunque una vez sintió que no lo lograría. Ocurrió cuando murió la mamá del muchacho que se disfrazó para verla. El cadáver estaba justo al lado de él, permaneció allí alrededor de 12 horas hasta que el personal del hospital consiguió gasolina para trasladar a la señora.

Las enfermeras ponían al tanto a María de todo. Le decían que su esposo mejoraba y ella preguntaba que cuándo le darían de alta, le respondieron que a pesar de que se ponía bien, su caso aún era delicado.

La mayoría de los pacientes que compartieron habitación con Vladimir salieron con vida. Pasaron las semanas y uno por uno salía agasajado de la CHET, con un tumulto de aplausos a sus espaldas. Era un ritual que practicaban con todos los que se recuperaban.

El 20 de octubre de 2020 le llegó el turno a Vladimir. Por dentro estaba hecho un licuado de emociones, pero su expresión tranquila jamás fue perturbada por lo que sentía adentro.

Fueron demasiados días sin ver al amor de su vida. María lo abrazó y se aferró a él como a un árbol centenario. “Viste que sí pudimos”, le susurró él a ella en el oído. Ambos se despidieron de los médicos y enfermeras, se fueron a casa en el carro de un amigo de la familia.

Victoria le tenía una sorpresa a su papá, le preparó una pancarta casi del tamaño de ella. Escribió “Papá, te amo. Bienvenido” alrededor muchos corazones y más mensajes que recordaban lo fuerte que había sido todo.

Llegó el abrazo contenido desde hace un mes. Los tres se fundieron de felicidad y lloraron. Se miraron a los ojos y se repitieron como un equipo “¡Sí pudimos!”.

El momento chocaba con aquella madrugada en que Vladimir vio como entraba su querida en la escalofriante habitación donde reposaba con otras siete personas; pensó que allí se acababa todo. Se equivocó. Allí comenzaba la épica de María salvándolo de una muerte por COVID-19 en la Unidad de Cuidados Intensivos.